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CUATRO NOVELAS PARA SUDAR LA GOTA GORDA

Calor.  Calor que agota.  Calor que atonta.  Calor que trastorna.  Calor que satura las aulas llenas de alumnos que sudan a pesar de los abanicos de papel, quién lo iba a decir.   Calor que impide concentrarse.  Calor haciendo exámenes.  Calor evaluando.  Calor insoportable.  Pero ahí tenemos la literatura, que se solidariza con nosotros llena de personajes que tienen calor.  Mucho calor.  Tanto, que el calor se convierte en un personaje más, casi de carne y hueso, sin el cual todo el resto de la novela carece de sentido.  Por si queréis sentiros menos solos en esta ola de calor, aquí tenéis cuatro novelas para sudar la gota gorda -por riguroso orden climatológico- y una más para refrescarse,  como premio por resistir este final de curso tan… caluroso.

INTEMPERIE, de Jesús Carrasco   (Seix Barral).  Bajo el sol abrasador de un lugar sin nombre, uno niño huye de su padre y del aguacil. Guarda un secreto terrible que se va abriendo paso con toda su crudeza a través de las páginas.  En su huida le acompaña la intemperie que todo lo condiciona y lo supedita.

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LA EXTRAÑA DESAPARICIÓN DE ESME LENNOX, de Maggie O’Farrell

portada de la extraña desaparición de esme lennox¿Dónde empieza realmente una historia?  La de Esme Lennox comienza en un baile de nochevieja, allá por los años 30 del siglo pasado, en algún lugar de Escocia.  O quizá no, quizá empiece mucho antes, en la India.  Lo que sí sabemos seguro es dónde acaba.  Acaba en una mujer anciana que mira a través de una ventana con barrotes.

La extraña desaparición de Esme Lennox es una novela intensa que crece a cada página que pasa.  Si estamos bien atentos, la descubrimos llena de ruidos que podemos escuchar (el zumbido de un insecto, un taconeo por el pasillo, la música de un baile, un grito que termina en súplica -“¡No me dejes aquí! ¡Por favor! No, por favor.  Seré buena, lo prometo.“).  Llena de imágenes que perduran en nuestra mente bastante tiempo después de cerrar la última página (un vestido de terciopelo rojo, unas piedras lanzadas al aire, una mujer que sale de una habitación, una niña acurrucada en un rincón con un bebé en brazos, una mantita verde, las huellas de mordiscos en los barrotes de una cama, un cojín de color burdeos con ribetes dorados…).  Llena de sensaciones a ras de piel (la silla incómoda, las ataduras demasiado prietas, el roce de la seda por el cuerpo, el abrazo desesperado, el ahogo en el mar, el frío intenso de un húmedo día de niebla). Pero sobre todo es una novela corta que deja una larga sensación amarga.

Una mujer dolorosamente lúcida desgrana sus recuerdos.  Su hermana, enferma de alzheimer, nos muestra retazos de recuerdos inconexos.  A través de ambas, una historia cada vez más desasosegante se va dibujando poco a poco ante los ojos atónitos del lector, el único que al final conoce la totalidad de los acontecimientos. Estamos ante la historia de una mujer que no se pliega a las convenciones sociales, que es diferente, que quiere ser feliz.  Es una novela sobre la búsqueda de la felicidad, sobre la presión de la sociedad sobre el individuo que se sale de lo socialmente correcto (esa Esme de dieciséis años que se revuelve contra las convenciones sociales habría hecho buenas migas con aquella Adela de La casa de Bernarda Alba…).

Al terminar de leer, un pequeño escalofrío nos recorre la piel, y casi es inevitable pensar: ¿Alguna mujer habrá tenido que sufrir alguna vez algo parecido a lo que describe la novela? Y tanto en la Escocia de principios del siglo XX, como en nuestro momento actual o en cualquier otro momento: ¿Quién dicta cuáles son las normas? ¿Y a costa de qué hay que cumplirlas?  ¿Quién sentencia en cada momento qué es lo que está bien y qué es lo que está mal? ¿Quién decide hasta dónde se puede llegar para ser feliz?  ¿Cuál es la consecuencia de atreverse a decir que no?

En la primera página hay dos citas que apuntan hacia lo que será el corazón de la novela: una de Emily Dickinson y otra entresacada de La edad de la inocencia, de Edith Wharton.  Esta última dice: “Yo no podría ser feliz a costa de una injusticia cometida contra otra persona.  ¿Qué clase de vida cabría edificar sobre tales cimientos?”. 

La extraña desaparición de Esme Lennox nos lo cuenta.