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CUATRO NOVELAS PARA SUDAR LA GOTA GORDA

Calor.  Calor que agota.  Calor que atonta.  Calor que trastorna.  Calor que satura las aulas llenas de alumnos que sudan a pesar de los abanicos de papel, quién lo iba a decir.   Calor que impide concentrarse.  Calor haciendo exámenes.  Calor evaluando.  Calor insoportable.  Pero ahí tenemos la literatura, que se solidariza con nosotros llena de personajes que tienen calor.  Mucho calor.  Tanto, que el calor se convierte en un personaje más, casi de carne y hueso, sin el cual todo el resto de la novela carece de sentido.  Por si queréis sentiros menos solos en esta ola de calor, aquí tenéis cuatro novelas para sudar la gota gorda -por riguroso orden climatológico- y una más para refrescarse,  como premio por resistir este final de curso tan… caluroso.

INTEMPERIE, de Jesús Carrasco   (Seix Barral).  Bajo el sol abrasador de un lugar sin nombre, uno niño huye de su padre y del aguacil. Guarda un secreto terrible que se va abriendo paso con toda su crudeza a través de las páginas.  En su huida le acompaña la intemperie que todo lo condiciona y lo supedita.

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INTEMPERIE, de Jesús Carrasco

intemperieTítulo: Intemperie.  Autor: Jesús Carrasco.  Editorial: Seix Barral. 2013

 

Hace una semana que me terminé Intemperie y sus poderosísimas imágenes todavía me perturban: un niño acurrucado en una madriguera, inmóvil horas y horas; un cabrero con el cuerpo cubierto de latigazos; una colilla marrón en un cenicero, que descubre un futuro inmediato lleno de violencia. La sed, el hambre, el calor sofocante, la piel de la cara estragada por los rayos de sol, la suciedad, el sol inclemente, el miedo. Pero también la ternura, los sueños, el viejo casi abatido que se erige en el más justo y digno de los hombres (“Ángel de fuego que derriba los muros”).

Hay libros que gustan y otros que no, hay libros que interesan y otros que aburren, pero Intemperie es un libro rotundo que estremece, que deja sin aliento, que perturba, al menos a mí. Con un rigor y un estilo a mitad de camino entre la brutalidad y el lirismo teje una historia de una simplicidad tremenda: un niño, con un oscuro secreto que pronto intuirá el lector, huye de su padre y del aguacil a través del interminable campo seco y arrasado por la falta de lluvia y un calor inmisericorde, en un tiempo de amos y caciques; en su huida desesperada, a vida o muerte, conocerá al pastor. Ni el chico, ni el pastor de cabras, ni el aguacil que lo persigue y cuya alargada sombra llega a poner los pelos de punta, tienen nombre. Ni el lector lo conoce, ni parece que lo conozcan los personajes (“Le hubiera gustado saber el nombre del viejo”). Y es mejor así, porque al ser anónimos se convierten en cualquier niño, cualquier viejo, cualquier perseguidor, en cualquier lugar, en cualquier época. De esta manera, poco a poco, la historia acaba adquiriendo la textura de los sueños –o las pesadillas- y se convierte en esas historias atemporales donde los personajes, transformados en arquetipos, se mueven entre la bondad y la maldad.  Y precisamente es esa atemporalidad la que le otorga numerosas interpretaciones que, sin duda, te plantearás.

Es una historia contada con precisión, rigor y sobriedad, sin ahorrar detalles escabrosos, a veces; deteniendo el tiempo para permitir que el niño sueñe con montañas verdes y frescas, otras veces, o para que acaricie despacito la cabeza de un perro. Y muy a menudo con líneas que casi hipnotizan (“Recogido sobre sí mismo, para formar en el espacio un punto de reunión entre la humedad de la tierra y la de los ojos”).

La intemperie se convierte en la protagonista todopoderosa del libro, que acompaña y agrede al chico en su huida, que todo lo condiciona y a la que todo se supedita. “La intemperie le había empujado mucho más allá de lo que sabía y de lo que no sabía acerca de la vida”. Pero la intemperie, madre y madrastra, también le regala al chico, y  nos regala a todos, la esperanzadora imagen del final.

Si te interesa saber algo más de esta primera novela de Jesús Carrasco, aquí te dejamos este vídeo de La 2