EL LECTOR, de Bernhard Schlink

No podía faltar en nuestro MILHOJAS El lector, de Bernhard Schlink, que en realidad casi no es un libro, sino  una red que nos atrapa y nos arrastra.  Que no nos deja indemnes.  Que nos deja tiritando. Que nos cuestiona. Por eso es un libro de oferta obligada para bachillerato.  Porque siempre obra la magia de consolidar un nuevo buen lector.

David Baldovín, de 1º de Bachillerato, nos deja aquí sus reflexiones sobre esta novela.  Una vez más, El lector ha establecido un diálogo con otro lector:

Adoro los libros en los que cabe un hueco para ti, en los que te pierdes y te encuentras a la vez, los que establecen un vínculo entre el escritor, las palabras, y tú.  Esos libros que parecen calcar tu vida y profundizar en ti. El Lector es uno de esos libros.

Trata de buscar el difuso límite entre culpa y perdón, justicia y comprensión, inocencia y libertad, todo enfocado desde una historia de amor. Sin embargo, no es una historia de amor cualquiera.

El romance de Michael y Hanna es fruto de la casualidad que une dos rectas itinerantes. A veces chocan, cortan, se encuentran y separan, otras veces se unen en una sola línea, otras tantas son dos paralelas que parece que nunca colisionarán. Siempre acaban uniéndose. Por una parte, es un primer amor adolescente que estalla como una supernova, palpita y muere, pregunta y contesta, vuelve a preguntar. La otra parte, la de Hanna nunca quedó clara.

Siento que he entendido a la perfección el personaje de Hanna.  Es aquella persona que nunca sabes cómo va a actuar, es quien te atrae por algo que se superpone a lo físico, y quien, al marcharse, nunca dejas de pensar en cómo le habrá tratado la vida. Esa persona que es misterio e intriga, con quien la vida te une para resolver. Esa persona a quien te guardas en tu interior esperando que algún día crezca en ti.

Las tres partes del libro representan tres fases en la vida de Michael. Son tres fases en las que el amor cobra diferente forma. En la primera, este irrumpe con los esquemas del adolescente, hace replantearse la vida desde un punto que jamás había existido antes para él.   Hannah se convierte en una diosa, en una musa, en algo intocable, a quién tiene que agradecer por estar a su lado.

En la segunda parte, toca el semejante sentimiento de una forma más discreta; transformado ahora en mera curiosidad, en inquietud, se mezcla con la culpabilidad y la razón.  No obstante, en él sigue la llama adolescente que hace que el corazón arda en preocupación y bombee toda la sangre de su cuerpo en una simple palabra jurídica. Finalmente, la última parte del libro, coge ese corazón hiperactivo y lo erradica por completo. Relata los hechos como si la pasión no existiera, como si amor significase compromiso.

De esta forma, podemos decir que El Lector recoge todos los aspectos y transformaciones que sufre el papel del amor a lo largo de la vida, como una cascada inagotable cuya agua va escaseando a lo largo del tiempo. Aquí es donde nace el debate sobre si realmente es así, si estamos predestinados a arder y apagarnos, o si esto es a causa de un romance fatídico, de desaprovechar y girar la cara ante las oportunidades.

El amor es lo que sustenta nuestra vida, lo que funciona de plantilla, hace de esquema y engranaje y, es por eso, por lo que El Lector me ha gustado tanto, porque ha sabido describirlo, tanto su esencia pura, como los choques que tiene ante la ética y la culpa.

En resumen, es un libro que te empuja y te hace vacilar; Después de leerlo, te obliga a mirar al frente y te hace sentir como un funambulista con los pies en el suelo.

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