CAUTIVO Y DESARMADO

En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.

Este fue el último parte de guerra emitido el 1 de abril de 1939, hace hoy ochenta años.  Después no llegó la paz, sino la represión, el exilio y el silencio.  Queremos recuperar hoy una de las entradas más visitadas de nuestro MILHOJAS: la reflexión sobre LA VOZ DORMIDA, de Dulce Chacón.  Una novela imprescindible que recupera las voces dormidas de tantas personas que vivieron, dentro o fuera de España, en las cárceles, en el exilio, en el silencio amedrentado de sus casas, las décadas siguientes a nuestra guerra civil.

LA VOZ DORMIDA  Autora: Dulce Chacón.   Editorial: Alfaguara, 2002.

Aunque parezca extraño, los libros no se deben leer: se deben releer”.  Esto lo dijo el  gran escritor de origen ruso y nacionalizado estadounidense Vladimir Nabokov.  Solo al releer un libro nos podemos alejar lo suficiente de la trama que ya conocemos para poder apreciar la verdadera esencia de un libro: el estilo y la estructura.  (Vladimir Nabokov, Introducción a la literatura europea).  Pues bien, me he releído La voz dormida por tercera vez, y tengo que reconocer que, aun concentrada en el análisis de la estructura y el estilo de su autora, Dulce Chacón, la impresionante historia que cuenta se cuela poco a poco entre narradores omniscientes, prosas poéticas y flash back, para acabar provocando más de un nudo en la garganta.  También decía Nabokov que “Al leer, debemos fijarnos en los detalles, acariciarlos”.  Y este es un libro lleno de detalles que iluminan como pequeñas luces toda la novela: un cuaderno azul, un trocito de tela, unos guantes, unos pendientes,  un tono desafinado al cantar, las horquillas de un moño, una coleta pelirroja, unos ojos azules que miran con miedo, una  silla de anea, un reloj que marca las ocho y diez…  En realidad, es una novela contruida a base de detalles.

La voz dormida nos cuenta la historia de cuatro mujeres: Hortensia, Reme, Tomasa y Elvira, que coinciden en la cárcel de mujeres de Ventas en los durísimos años de la primera posguerra.  La obra, que tiene como hilo conductor a Pepita, la hermana de Hortensia, nos va desgranando la vida cotidiana en la cárcel, pero también nos lleva a conocer la vida anterior de cada una, los motivos que las llevaron a la cárcel, sus pensamientos, ilusiones, recuerdos, sentimientos…  todo ello de la mano de un narrador cómplice que mima al lector y a los personajes.  Los capítulos son cortos, las palabras están elegidas con cuidado, y todo -personajes, tiempos, recuerdos, realidades, futuro- se teje con delicadeza formando una red a nuestro alrededor de la que no podemos escapar.

Durante el tiempo que leemos el libro, e incuso mucho después de terminarlo, seguimos viendo en nuestra mente las potentes imágenes que la autora ha dibujado para nosotros: una chica pelirroja que corre por el monte; una presa en una celda de castigo que grita desesperada su historia, callada durante tanto tiempo; el griterío del locutorio de la cárcel, atiborrado de tanta gente que hay que hablar a voces para poderse oír; la carcelera que masculla su desprecio entre las presas murmurando el último parte de guerra de Franco; la mujer de cuarenta y dos años que apenas puede contener su impaciencia en la puerta de la cárcel esperando que salga el hombre del que se enamoró cuando era jovencita y al que apenas ha visto a solas más que unos minutos. Y tantas otras.

Diecisiete años después de su publicación , La voz dormida sigue siendo una de esas novelas que nos deja un nudo en la garganta y un poso de preocupación entre las cejas.  Ojalá que nunca, nadie, ni en este país ni en ningún otro, volviera a vivir situaciones como las de Hortensaia, Reme, Tomasa y Elvira.

Pero no es esta la única entrada de nuestro blog centrada en voces y ecos de la guerra civil española.  También puedes visitar:

El lector de Julio Verne, de Almudena Grandes

El lápiz del carpintero, de Manuel Rivas

Día de la poesía.  A Carmen Castellote

María Zambrano, la filósofa etérea.

Libre signo de normas oprimidas (sobre Lorca)

75 años sin Miguel Hernández. 

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