LEER EL GRITO DE LA GRULLA junto a Samuel Alonso Omeñaca.

Llega con sus cuadraditos verdes de papel. Con su voz ronca y grave moldea palabras que dejan espacio al silencio. Necesitamos silencio para pensar, por eso huye del ruido de los adjetivos que dan una dimensión ética a lo que contamos y él prefiere que el lector inteligente los ponga.

Nos preguntó si sabíamos porqué tituló su primer libro El grito de la grulla. Al ver el “no” en nuestras caras, comenzó a desenvolver el “huevo kínder” que, según Samuel, es este libro. El título es el primer verso de un Haiku escrito en las páginas de un libro que llevaba junto a otros muchos en una de las dos maletas con las que llegaba a su pueblo a pasar los veranos. Un verano escuchó por primera y última vez el silencio. En pocas ocasiones tenemos esta oportunidad y a Samuel le llegó nada más escuchar el ruido atronador de la bomba que explotó en un atentado terrorista.

El estallido, el silencio y el Haiku le movieron a escribir sobre las personas que sufren un conflicto, que resisten en su “humanidad”, a pesar del odio y la destrucción. Junichiro iba a ser  el protagonista de esta historia en la que un niño de Nagasaki, en 1945, comienza a atisbar el misterio de la vida de los adultos.

Claro, Samuel necesitaba un libro para contar esta historia, pero el libro, como el cuadradito de papel verde con el que Samuel hace la primera figura, un barquito, no era lo importante. Lo que importaba era lo que leemos y lo que no, es decir, el barquito de papel y el mar, imaginario, pero mar. Sigue plegando mientras cuenta y nos hace preguntas, de esas que te dejan perplejo. Se detiene en los cuentos que descubrimos dentro de este libro y nos desvela que las grullas tienen el cogote rojo porque Samuel lo imagina como lo cuenta.

Con el papel moldea dos rombos, como aquellos que hace décadas mostraba la TV para indicar que los niños debían irse a dormir, extendiendo algo de nostalgia entre todos nosotros. Cuenta que su madre fue una mujer agricultora, sin libros en casa, que hizo de estos el cordón umbilical que la uniría siempre  a Samuel. El recuerdo de su madre leyendo de mayor, bajo la luz de la lámpara, los libros que él le llevaba, está en esa parte del libro en la que la madre de Junichiro lee bajo la luz de la linterna las cartas que su marido le envía desde Okinawa, la base de los kamikazes. El niño, como todos nosotros alguna vez, se adentra en la vida íntima de sus padres, no comprende aún el misterio del amor, pero  intuye la poesía de aquellas palabras, aunque aún sean indescifrables para él.

Nuestro reloj literario avanza, no queda mucho para despedirnos una vez más. Entonces Samuel nos hace sentir la fortuna de haber leído páginas “supervivientes”. Un largo manuscrito inicial descansó durante 40 días en un cajón. La segunda versión, depurada, descansó otros 40 días en el cajón, y una tercera también. La escritura necesita pausa y un punto final, el que rescató estas páginas que se han quedado en nuestra mente, en forma de vuelo.

El sábado anterior, habíamos visto y oído las grullas en el cielo de Zaragoza dirigirse a Gallocanta. Se ve que faltaba una porque, después de repartir los marcapáginas que hicimos para este libro, pero justo antes de mover las sillas para levantarnos, una grulla de papel verde cruzaba la biblioteca por encima de nuestras cabezas.

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