LAS ALMAS MUERTAS, de Nikolai Gógol. Ed. Nórdica. Ilustraciones de Alberto Gamón

Fotografía de MILHOJAS

“Sí, mis queridos lectores, preferiríais no ver la miseria humana en toda su desnudez. ¿Por qué?, diréis, ¿para qué sirve? Acaso no sabemos que hay mucho en el mundo que es vil y estúpido?” (p. 283)

Las almas muertas no es el título de una novela policíaca ni de una de terror. Es una novela rusa del siglo XIX, ilustrada por Alberto Gamón, lo que equivale a afirmar que es la posibilidad de intensificar nuestra experiencia lectora más de lo imaginable.

Empezamos a notarlo cuando Gógol nos presenta a Chichíkov, Pável Ivánovich, el protagonista. Un tipo del que el lector sólo sabe que acaba de llegar como extranjero a una ciudad pequeña. Lo primero que hace es visitar a los dignatarios de la ciudad y lisonjearlos con habilidad, sin desvelarse a sí mismo. Consigue invitaciones y agasajos en sus haciendas privadas. Sin dar un palo al agua, vive con sus dos lacayos, descritos a la perfección como siervos de la Rusia zarista en la que se desenvuelve esta historia. Qué bien describe Gógol la insensata acogida del que identificamos como uno de “los nuestros”, uno de los que pertenecen a nuestro status social, una pieza más a estabilizar el orden de los privilegiados.

El lector se pregunta qué es lo que mueve a este forastero y el autor lo va desvelando con dosificación exquisita, página a página, en las descripciones físicas y psíquicas de los terratenientes con los que Chichíkov va a hacer sus negocios, en las de sus haciendas y modos de vida, que no son otro que el del viejo país de estepas heladas, la Rusia todavía ignorante de su drástico mañana. El terrateniente buenista Manílov, el engreído Sobakévich, el mísero Pliushkin, la suspicaz anciana Koróbochka, el holgazán redomado Andrei Ivanovich, el soberbio general Betrischev, el bien relacionado Platonov, el próspero y ecuánime Konstantin Fiodorovich, el indolente Jlóbuev, desordenado y abandonado a su propia ruina. Una constelación de personajes que dan vida a la historia, evidenciando la capacidad de Gógol para observar y conocer a los seres humanos.

Nada escapa a una mirada tan profunda, ni los mínimos detalles con los que intensifica tanto la miseria como la nobleza. Por eso otros personajes más secundarios como el juerguista Nozdriov, la dama agradable, funcionarios como Murazov, los siervos de los terratenientes, los leales lacayos, la amada Úlinka, sincronizan a la perfección sus “taras” con las de los otros personajes. La relación de Chichíkov con todos ellos a lo largo de la novela nos descubre a éste como un farsante. Un embaucador que se dedica a sacar provecho de quienes han muerto después de trabajar sin descanso. Muertos que siguen vivos para una administración paralizada por la desidia de su sistema burocrático, ya que nadie les borra del censo. Chichíkov fantasea con los campesinos muertos que ha comprado, listas de individuos, pequeños universos de vidas pasadas que van a hacerle un hombre rico. Ocasión que el autor aprovecha para describir la gigantesca alma muerta que también era aquella Rusia.

Las almas muertas conjuga a la perfección acción y pensamiento. Las reflexiones del autor van enhebrando una “meta historia”, la que nos cuenta Gógol de su propio proceso creativo. Delicia en forma de metáfora, como cuando compara la vida del escritor no reconocido con la del viajero a quien nadie espera. En forma de la necesidad de entender la raíz del mal humano. De confesiones que se esfuerzan en no subrayar la reprobación moral que siente en muchos momentos. De trágicos presagios que terminarán atrapando a nuestro protagonista. De la exigencia de virtud y catadura moral para perdonar a quienes se arrepienten sinceramente, aún sabiéndoles ruinas de sí mismos y enemigos del resto.

Y sí, lectores, cuando terminamos el libro, entendemos que Gógol nos ha hecho el regalo de hacernos más conscientes de la desbordante condición humana y un poco más capaces de detectar en nosotros algunas manifestaciones de su estupidez.

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