En la piel de un intersexual: MIDDLESEX, de Jeffrey Eugenides

Intentamos apresar la esencia de Calíope pero se nos escurre entre las manos, como la de los dioses, los héroes o las musas. “Naci dos veces: fui niña primero, en un increíble día sin niebla tóxica de Detroit, en enero de 1960; y un chico después, en una sala de urgencias cerca de Petoskey, Michigan, en agosto de 1974”.

Así comienza Middlesex, la historia de Calíope –Cal a partir de los 14 años-, una persona con el nombre de la musa de la poesía épica y la elocuencia, que nace niña y como tal la educan, pero hasta que tiene 14 años a todo el mundo le pasa desapercibido un pequeño detalle: el síndrome de deficiencia de 5-alfa reductasa, o dicho de otra manera, Calíope ha nacido hermafrodita, intersexual si utilizamos una denominación más adecuada.

En una imposible primera persona omnisciente que nos obliga a entrar en un juego literario al que accedemos gustosos, Cal -que tiene 42 años y vive en Berlín- nos lleva de la mano hasta 1922, a un pequeño pueblo de Asia Menor –cuna de Homero-. Ahí empezamos a ser los espectadores atentos del vertiginoso viaje de un único gen defectuoso, que prosperó agazapado generación tras generación en la endogámica familia Stephanides hasta alcanzar a sus abuelos, Desdémona y Lefty, que se dedican en aquel entonces a la cría de los gusanos de seda.

Asistimos a su amor en principio imposible, al terrible incendio de Smirna, a la matanza de griegos y armenios a manos de los turcos; contemplamos la huida desesperada de Desdémona y Lefty que, reinventados como esposos, cruzan el Atlántico y desembarcan en la América próspera de los años 20. Asistimos a la selección de los inmigrantes en la isla de Ellis, a los primeros años de la industria automovilística en Detroit, a los disturbios raciales. Vivimos la decadencia de la ciudad, y presenciamos el noviazgo entre Milton y Tessie, padres de Cal, hasta que el largo recorrido de la mutación recesiva ligada al quinto cromosoma, cual gigantesca montaña rusa del tiempo, acaba en el vientre de Tessie, donde una personita con cromosomas XY y genitales ambiguos, desgrana su cuenta atrás para nacer.

Jeffrey Eugénides, autor de Midlesex. Imagen tomada de newyorker.com

Las cosas verdaderamente importantes nunca son cosa del individuo” dice Caliope en la p.497 de su relato: el nacimiento, la muerte, el amor, y lo que el amor nos lega antes de nacer. Como el resto de los seres humanos, Caliope no elige de quién enamorarse, pero cuando lo hace, a los catorce años, es el amor, el deseo –adolescentes, pero amor y deseo al fin- y la realidad de su propio cuerpo los que le llevan a tener un nuevo renacimiento, una nueva identidad. Según Chejov la lógica narrativa dicta que si aparece una escopeta en la pared, antes o después tiene que dispararse. En Middlesex, la escopeta es el cuerpo de Caliope y sin ruido ni pólvora, pero también sin remedio, se termina disparando. “Por la forma en que reaccionaron el médico y la enfermera comprendí que mi cuerpo estaba a la altura de las normas narrativas” (p.506).

Como todos los adolescentes, Calíope se descubre y se reinventa, pero lo hace a ciegas –como Tieresias, al que interpreta en una obra de teatro y que también fue hombre y mujer-, porque no tiene referentes ni modelos que le sirvan. Sin embargo, es el amor y el deseo los que le evidencian la necesitad de reconstruirse como un ser humano completo y no mutilado, y es por ello que Cal transita su propio camino desde el horror de reconocerse “monstruo” –palabra que encuentra en un diccionario como sinónimo de hermafrodita- hasta la convicción de ser una persona completa y especial, un nuevo ser humano que habitará un mundo nuevo. Y este camino, dice, le resulta menos doloroso que el camino de cualquier persona desde la infancia a la edad adulta.

Nos enamoramos sin remedio de Calíope y de Cal. Vivimos su metamorfosis de gusano de seda a mariposa y sufrimos cuando lo sórdido y lo doloroso le acorralan. Sin embargo, ese maravilloso ser, nuevo y completo, que nos cuenta la historia cuando ya es adulto, no cae nunca del todo del lado de la tragedia ni del de la comedia. Todo es ambiguo en esta novela, todo está en la mitad: la identidad sexual de su protagonista, el lugar de los Stephanides (entre Grecia y América), el tono narrativo (entre comedia y tragedia); el debate de fondo sobre qué determina el género, si la naturaleza o la educación.

Sin embargo, Cal lo supera y sublima todo: frente a ese destino y fatalidad griegos que parecen marcar tan desesperadamente la genética, Cal se agarra a su libertad, ejercita su libre albedrío y decide. Y en el fondo, es esa decisión de no dejarse arrastrar por su genética, ni por su educación, ni por la necesidad imperiosa de integrarse en la sociedad, lo que hace de la pequeña Calíope un ser humano completo y especial.

Middlesex es muchas cosas: es la gran epopeya de la Norteamérica del siglo XX contada por la musa de la épica; es la novela de costumbres en la que se plasma la forma de vida y las tradiciones griegas; es el ensayo que reflexiona sobre qué determina el género; es un juego literario lleno de referencias y claves (¿cómo no pensar en Ovidio, en Kafka, en Virginia Woolf, en García Márquez, en Cheever?); es un libro de viajes con alusiones continuas a La Ilíada, a Las Metamorfosis, a la mitología griega. Pero sobre todo es el relato deslumbrante del sentimiento íntimo del que se siente diferente. Y, al fin y al cabo, ¿quién no se ha sentido el bicho más raro del mundo alguna vez?

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