LAS MADRES NEGRAS, de Patricia Esteban Erlés. IV Premio Dos Passos a la Primera Novela. Galaxia Gutenberg

Fotografía de MILHOJAS

Las madres negras, la primera novela de Patricia Esteban, es un grito helándose en el paladar. En cada página, las manos del lector se tensan con una fuerza desconocida. Al detener la lectura, uno se pregunta si el libro editado por Galaxia Gutenberg va a resistir hasta el final. Y el libro sí resiste pero no está tan claro que nuestra inocencia resista también. No estamos acostumbrados a codearnos con dios ni con unas servidoras de su voluntad como estas madres de alma tan negra.

Pisamos Santa vela por primera vez y el hielo se transforma en aliento petrificado desparramado en la atmósfera. La desgracia ha sobrevivido a su inseparable Larah, la antigua dueña, quedándose a vivir en la lúgubre inmensidad de estancias y pasillos inabarcables que ambas diseñaron. Cuando la madre Priscia llega con las demás, comprende que su dios no podía haber guiado mejor sus pasos. Y aunque Jesús sentenciaba lo contrario, el dios de las madres negras sí que gobernaba Santa vela, su reino en este mundo. La crueldad y la frigidez se instalaron en el orfanato. Sus normas, látigos camuflados de órdenes y deseos reprimidos, organizaban la vida de las niñas, amoldada a la del terrorífico edificio. Sin tiempo ni lugar para el juego, para la ficción, con los libros de la hermana Tilda ahogados en corrientes de cerrazón, las huérfanas trabajan sin descanso. Sin poder imaginar otra realidad que esta oscuridad gélida a la que las ha conducido el rechazo o la indiferencia de los adultos de allá afuera.

Patricia Esteban nos deja salir de Santa vela para conocer las vidas de las niñas, de Priscia y la de otros personajes antes de que su existencia terminase confinada al orfanato. Puertas afuera, asistimos al mal inoculado en Priscia adolescente, al monstruoso mundo del doctor Rudín, al vacío autómata del hacedor de muñecas, a la incierta nueva vida de Galia, al rechazo de Lavinialea, repugnante adosado de carne y hueso, a la supervivencia de Moira a todas sus muertes incluso a la de la peste, al abandono de Coro la lisiada, a la vida salvaje, libre, solitaria de Mida,  a la envidia humana y el deseo carnal de dios cosiendo el destino de Pola. Pero abandonadas a las madres negras, su pasado se desvela como oscuro presagio de la vida de mortificación que comenzaba con un bautismo de nombres nuevos y cabellos cortados precipitándose al suelo. Cómo imaginar que el mal campaba a sus anchas en Santa vela con la complacencia divina. Lástima no haberlo sabido a tiempo para intentar evitar que dios reparase en ellas.

El aullido de los lobos iniciaba nuestra lectura y nos acompaña hasta el final, banda sonora de una soledad que es hielo puro. Asentimos al volver la última página, mientras escuchamos los aullidos, comprendiendo que la vida más allá de los muros de Santa vela no es mejor. Puro hielo.

Si no sabes aún qué lectura regalar el día 23 de abril, ésta te estará acechando desde algún puesto del Paseo de la Independencia en la feria del libro.                   A veces, dejarse seducir por el mal, es un regalo.

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