CUESTIÓN DE PRINCIPIOS (II)

Continuamos con los microrrelatos inspirados a partir de comienzos de novelas, en la actividad que hemos titulado CUESTIÓN DE PRINCIPIOS.  Si en la entrada anterior publicábamos diez microrrelatos escritos por alumnos de 2º ESO, aquí os dejamos doce creados por los alumnos de Bachillerato y por profesores.  Esperamos que os gusten. (En negrita y morado, los principios y las novelas a las que pertenecen)

 

UNA VEZ MÁS

Y esta noche puedo decir, una vez más, que he estado a punto de morir -dijo ella, mientras se desmaquillaba sus moraduras, una vez más, ante el oficial de policía-.  (Diego Lacueva, a partir de El silbido del arquero, de Irene Vallejo)

 

Yo no maté a mi padre, pero a veces me he sentido como si hubiera contribuido a ello.  Después de haber visto los resultados de la autopsia, me quedé helado; era cierto, mi padre se había suicidado. De repente, sus palabras regresaron a mi mente de nuevo: hijo, si vas al ejército, mi corazón no resistirá recibir malas noticias. No lo hagas. Sabéis, yo no maté a mi padre, pero a veces me he sentido como si lo hubiera hecho. Ojalá pudiera rebobinar el tiempo y tan sólo decirle: papá, he sobrevivido a los bombardeos. (Fátima Laaziri, a partir de El jardín de cemento, de Iam McEwan)

QUIERO SEGUIR LEYENDO

Un día, ya entrada en años, en el vestíbulo de un edificio público, un hombre se me acercó.  Aguardaba leyendo un libro mientras hacía tiempo para entrar al vestíbulo de espera del doctor, el hombre que me iba a sanar de todos mis miedos. Según pasaba página, salía del libro y entraba en mi vida, recordaba los duros momentos que pasé para llegar a este doctor.

En un instante vi cómo una sombra asaltaba mi cuerpo y cómo su dueño asaltaba mi espacio vital; me sentí atacada, me puse nerviosa, temblorosa, y del pánico, nacido de una situación ya vivida, lancé mi libro al suelo.

Era un tipo fornido, con un aspecto amedrentador, estaba mascando un palillo, tenía un rostro fino en que se resaltaban sus ojos, con mirada perdida pero centrada en su presa. Crujía las manos como aquel que algo se trae entre ellas; su comportamiento era el de un tipo que se veía confiado, que se hacía grande delante de mí. Me analizaba, me veía mucho menos fuerte de lo que él se creía.

Imposible pasar página.    (Roberto Mas, a partir de El amante, de Marguerite Durás)

Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro. Al despertarme esta mañana, en lugar del murmullo del mar, se escuchaba el sonido de la radio y llegaba olor a café recién hecho. Al entrar a la cocina, generalmente desierta a esas horas, he encontrado a la abuela, sentada a la mesa, mirando las gotas de lluvia deslizarse tras el cristal. Hoy es el día, pensé, los médicos tenían razón, funciona. Mis sospechas parecieron confirmarse cuando apartó la mirada de la ventana y me sonrió. En efecto, me había devuelto a mi abuela, lúcida y alegre, como siempre estaba antes.

Eso pensaba yo, que era un milagro. Hasta que al día siguiente volví a escuchar el sonido del mar. Hasta que su mente volvió, otra vez, a sumirse en esa densa niebla que le impedía reconocerme.  (María Moya, a partir de La invención de Morel, de Bioy Casares)

Si vas a leer esto, no te preocupes. Al cabo de un par de páginas ya no querrás estar aquí. Así que olvídalo. Aléjate. Lárgate mientras sigas entero. Sálvate. Ahora bien, aunque creas haberte salvado, no habrás sino firmado tu propia condena, la que conlleva una existencia huidiza y cobarde, que escapa de lo desconocido. Lárgate. Sálvate. Seguirás entero. Pero habrás muerto. (Carlos García Salas, a  partir de Asfixia, de Chuck Palahniuk)

 

Durante un tiempo no estuvo segura de si su marido era su marido. No hablaba de la misma manera, no se comportaba del mismo modo y sus nuevos hábitos resultaban excéntricos. Apenas dormía y no llegaba a casa hasta altas horas de la madrugada. Estaba siempre como ausente. Era como si lo hubiesen cambiado por otra persona. Como si no fuese el mismo hombre que la había salvado de la prostitución y con el que se había casado tres años atrás.

Miles de sospechas circularon por su mente. Pero decidió no darle mayor importancia, y se convenció de que todo estaba en su cabeza. Una fatídica noche, cuando salió a dejar la basura en el callejón que había detrás de su casa, encontró algo que haría que aquella noche de 1888 fuese distinta a las demás. Entre los cubos había un cuchillo ensangrentado. Un segundo después, una sombra detrás de ella. Un minuto después, un mutilado cadáver sobre el frío suelo. Al día siguiente, un titular: “Hallada otra posible víctima del destripador de Whitechapel“.  (Miguel Marco, a partir de Berta Isla, de Javier Marías)

Por supuesto, por supuesto, por supuesto, prefiero mirar el vuelo de los pájaros. El pájaro no se plantea el estar vivo: apuesto a que está más vivo que yo. Me he caído en el fango ahumado de la ciudad en que vengo a visitarnos y lo estoy haciendo mío, mío a propósito. Yo soy una niña de algodón de azufre temblando en la cornisa del cielo a la derecha de Dios, padre. Tantas cuatro paredes y tanto silencio de sombra que empiezo a pensar que la jaula soy yo. (La jaula soy yo).  (Andrea Tío, a partir de Incendios, de Wajdi Mouawad)

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el poeta había de recordar aquella tarde remota en que trepó a un árbol de La Huerta de San Vicente.  Cerró aquel día los ojos y escuchó cómo el aire susurraba entre las hojas: Fe…de…ri…co…

Los ojos otra vez cerrados.  El aire feroz de la madrugada muerde: ¡Rojo! ¡Maricón!    (Ana Buñola, a partir de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez)

Tierra ingrata, entre todas espuria y mezquina, jamás volveré a ti. Cómo imaginar un castigo así, por querer jugar con los porqués. Todavía sonreía cuando la serpentina de colores se retiró con la misma brusquedad con la que emergió aquella sombra imponente. En un instante comprendió que la perfección no era para ella. Simultáneamente, ÉL se estremeció al experimentar el arrepentimiento por primera vez. Qué humano se había sentido por un momento. Eternidad resquebrajada por la incertidumbre.

No volvería jamás. Los pies la conducían con firmeza hacia otras tierras en las que dar a luz rebeldía, resistencia, coraje. Sabía que superaría el dolor y que sus hijos llevarían preguntas cosidas a sus bocas. Por detrás, otras huellas más grandes y pesadas se sucedían con cadencia de suspiro, pero ella ya no volvería su rostro, tampoco detendría su marcha.  ¡Eva, espera! Qué tristes y extrañas sonaban auqellas palabras como disolviéndose contra el viento.  (María Jesús Picot, a apartir de Don Julián, de Juan Goytisolo)

 

LA CAIXA

Yo, señor, no soy malo, aun que no me faltaría motivos para serlo, porque por ti,  mi familia no duerme bajo un techo.  (Aaron Carbonell, a partir de La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela)

 

Todo esto sucedió, más o menos. La memoria rescata del pasado… lo que debiera haber ocurrido.

Yo… He hecho cosas que vosotros no creeríais: arrancar las cerrajas de mi antiguo instituto la madrugada del sábado. Me he visto a mí misma adolescente brillar en esta oscuridad, hacia los muros rojos del patio. Todos los momentos que quisimos vuelven esta noche a repetirse… como debieran haber sucedido. Es la hora de huir.  (Elvira González, a partir de Matadero cinco, de Kurt Vonnegut)

¿Y tú crees en serio que nuestro amor tiene alguna posibilidad?

Si te quisiese como te quiero, te diría que dejaré de quererte como te quiero; porque amarte es presente y el futuro es incierto. Porque te quiero te digo que ya no te quiero.

Sabía que si la amaba tendría que dejarla. Sabía que el amor es perenne cuando ya no se ama. La amaba tanto que dejé de amarla y así, sabía que sería eterno.  (Juan Carlos Santos, a partir de El lado oscuro del amor, de Rafik Shami)

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