LA ESCRITURA O LA VIDA, de Jorge Semprún

Rememoramos el Holocausto cada año el 27 de enero y no podemos dejar de pensar que el horror de los campos permanece latente, no sólo como recuerdo doloroso, sino también como posibilidad  realizable. Son muchos los libros que nos hablan sobre los campos, pero hoy MILHOJAS quiere invitaros a leer La escritura o la vida de Jorge Semprún, porque en este libro no se limitó a dar un testimonio de todo lo presenciado en el campo de concentración de Buchenwald.  Optó por la creación literaria y la reflexión filosófica para acercarnos a aquel sin sentido convertido en lógica deshumanizadora. Convencido de que lo vivido en los campos impelía a explorar el horror del Mal en el ser humano, no serían suficientes reportajes y documentales, la humanidad  necesitaba un Dostoievski.

La escritura o la vida nos traslada una responsabilidad que trasciende la necesidad de restaurar una dignidad destrozada. Necesitamos vacunarnos contra este mal, recuperando al ser humano como “yo” diferenciado, proyecto único en el cosmos. El libro tiene un comienzo paradójicamente hermoso, introduciéndonos en Buchenwald a través de la mirada de tres oficiales británicos que han participado en la liberación del campo. Mirada que devuelve la del joven Semprún como queriendo recordar que, a pesar de su aspecto y de todo, él y cada uno de los compañeros del campo siguen siendo un “yo”. La mirada como reconocimiento del otro.

“Pueden sorprender, intrigar, estos detalles: mi cabeza rapada, mis harapos estrafalarios. Pero no están sorprendidos ni intrigados. Es espanto lo que leo en sus ojos. No queda más que mi mirada, eso concluyo, que pueda intrigarles hasta ese punto. Es el horror de mi mirada lo que revela la suya, horrorizada. Si, en definitiva mis ojos son un espejo, debo de tener un mirada de loco, de desolación.” (p16)

Jorge Semprún es un joven de 20 años cuando entra como deportado político en Buchenwald, una vez cogido preso en Francia, como miembro activo de la resistencia. Estudiante de Filosofía en la Sorbona, era plenamente consciente de que la Filosofía no le ayudará a sobrevivir pero sí a mantener su “yo”. Probablemente,  dominar el alemán y tener vocación de filósofo, fueron más determinantes en su supervivencia de lo que inicialmente sospechaba.

Leer La escritura o la vida es darse de bruces con una verdad difícil de soportar. NADA parece posibilitar el regreso del campo a otro lugar. Este regreso imposible que comparten quienes lo vivieron tomó en algunos la forma de suicidio. Bien examinado, ni Primo Levi ni Jean Améry se quitaron la vida, pues ya les había sido arrebatada en Auschwitz. A  Semprún, ni su amistad con André Malraux, ni la poesía de César Vallejo o de René Char, ni su impresionante formación cultural, ni el activismo comunista contra el franquismo, ni la filosofía le rescatarían de la tristeza que volvía y volvía. Como el humo o la nieve que tarde o temprano tiñen el paisaje, para recordarnos que el holocausto, el mal radical, salió de la caja de Pandora y perdura acechante.

“Ninguno de nosotros merecía vivir. Ni tampoco morir. No había mérito alguno en estar vivo. Tampoco lo habría habido en estar muerto… Una borrasca de nieve se abatió, breve pero violenta, sobre las banderas del 1 de mayo… Y es que no estaba seguro de estar ahí, de haber vuelto realmente… Siempre había ese recuerdo, esa soledad: esta nieve en todos los soles, este humo en todas las primaveras.” (p 156)

En el audio del programa “Torre de Babel” de Aragón Radio,  dedicado el 25 de enero al Holocausto, también podréis escuchar unos pocos pero necesarios minutos sobre los libros:  Si esto es un hombre, de Primo Lévi y Más allá de la culpa y la expiación, de Jean Améry. Con una cita suya, MILHOJAS se hace silencio: ” Los torturados siempre permanecen torturados”

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