CASA DE MUÑECAS … y algo más de Patricia Esteban Erles

El próximo 18 de enero una de nuestras escritoras favoritas, Patricia Esteban Erlés presenta su primera novela Las madres negras, por la que ha recibido el Premio Dos Passos a la primera novela. Estamos deseando leerla y, como MILHOJAS es “fan total” de Patricia, hemos querido apaciguar la espera escribiendo una nueva invitación a la lectura de su último libro de relatos, Casa de muñecas. Si aún no has leído nada de Patricia, te deleitará su terrorífico universo y te lanzará directamente a una librería a comprar Las madres negras. 

Nada puede hacernos sospechar, cuando abrimos este libro, el desasosiego que vamos a experimentar. Patricia Esteban Erlés tiene las riendas en sus manos. Por un lado, la de las situaciones en las que nos va a introducir con un sigilo desconcertante. Por otro, la de las palabras que los lectores, incluso con inútil prudencia, vamos a asimilar, como si de un nuevo sabor se tratara. Manderley en venta (2008), Abierto para fantoches (2008), Azul Ruso (2010) son los libros de relatos con los que Patricia Esteban hizo llegar su voz a los lectores. Esa que en Casa de muñecas susurra desde la nuca, bajito, grave y muy de cerca.

En cuanto empezamos a leer nos damos cuenta, así, de golpe, de que no estamos ante un libro de historias de terror más. De que hemos puesto el primer pie en esta casa y ya es imposible darse la vuelta. Podemos seguir tres rutas, la primera la decides desde el interior, la segunda empezaría desde el jardín, la tercera en la cripta. Pero, sigamos el itinerario que sigamos, el miedo se nos va a adherir, delicado, tremendo, me atrevería a decir, metafísico.  Un miedo que sobrepasa la naturaleza de las cosas, que trasciende el mundo que pisamos mientras se consolida en nuestro interior.

Todos tenemos nuestro particular catálogo de terrores. Lo guardamos en cajones de nuestras mesillas. A veces, alguno se escapa por la noche y toma vida propia en nuestras pesadillas. Patricia ha creado estas historias en las que podemos reconocerlos, revivirlos, recrearlos, sin necesidad de estar dormidos. Así nos adentramos en su Casa de muñecas, ese microcosmos en el que el espacio está perfectamente diseñado en cada estancia, pero el tiempo ha dejado de correr. Frío y gélido pararía el segundero de nuestro corazón si no fuera porque la avidez de la lectura lo acelera y calienta. En estas historias se deslizan seres siniestros, gatos, muñecas, hermanas, madres, abuelas, espejos, féretros, armarios, venenos. Pero lo hacen de manera inesperada, lo que hace grande, intensa y eficaz la narración de Patricia Esteban. Lo horripilante se muestra en el momento en que menos los esperamos, justo cuando se materializa lo que no queríamos ver, pensar, decir. Y es que eso que no esperábamos, en el fondo, no nos resulta totalmente extraño, contiene odio, manías, miedos, complejos, envidias, celos, sadismo en los que también nos reconocemos.

Dice Richard Ford, en la introducción al segundo volumen de relatos cortos americanos, que los buenos relatos  breves son aquellos que tienen la fuerza del puro nervio. Pues bien, las historias de Casa de muñecas lo tienen, lo son. Cuentan, por añadidura, con las imágenes de Sara Morante, sobrias, inquietantes. Dibujadas en negro y magenta, ilustran el interior y el exterior de esta casa, sus habitantes, sus invitados. En un artículo, Liz Elliott  explicaba que el color magenta es un color compuesto por dos longitudes de onda: una de la zona del rojo y otra de la zona del violeta, cada una a ambos extremos de lo que se conoce como el espectro visible. En realidad, nuestro cerebro no ve ese color, lo interpreta, en cierto  modo inventa  un color  entre el rojo y el violeta. El “color” magenta, es una cualidad subjetiva de las experiencias de la mente. También el miedo es una experiencia mental que se desborda por todo nuestro organismo. Quizá para Sara Morante y Patricia Esteban el” color” magenta es el color del terror que todos podemos sentir.

Poco antes de terminar el libro y cerrar con cierto alivio sus tapas, el relato La luz encendida nos confirma que esa casa de muñecas somos nosotros mismos. Este regalo maldito ha realizado su sortilegio:

“La vi mirarme a lo lejos, comprendí que algo raro había pasado. Ella llevaba puesto mi vestido rojo, yo su tejado…”

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