LA TREGUA, de Mario Benedetti

LA TREGUA, de Mario Benedetti.  Editorial Alfaguara.  Reseña escrita por Andrea Tío (2º Bachillerato)

 

“Usted no sabe cómo yo valoro su sencillo coraje de quererme.”

La tregua (1959) es quizá el testimonio más implacable, doloroso y cierto que ha escrito el uruguayo, y es a la vez la forma que tiene de decirnos que nunca es tarde. Que justamente ahí, cuando uno siente que no puede más, es a menudo el momento en el que más hace falta seguir.

El protagonista, Martín Santomé, es un funcionario que ha sido derrotado en casi todo. Próximo a su jubilación, piensa en qué hará entonces, cuando la ruinosa necesidad del trabajo no le saque de las tempestades de su casa, cuando la franja se convierta en abismo. Piensa en si hablará con sus tres hijos, Jaime, Blanca y Esteban, desprendidos casi totalmente de él. Piensa en si, realmente, volverá a hablar con alguien, y en cómo cubrirá la ausencia de Isabel, su mujer, una vez que la jubilación acapare su tiempo y lo llene todo de nada: Isabel murió dando a luz a Jaime, el pequeño de los tres hijos, dejando un vacío que todavía nadie ha solventado. (Mucho menos Santomé; eso es lo malo de haberlo tenido todo en el otro, de habérselo todo dado al otro: que cuando se marcha, te estás marchando tú también).

“ Aún me quedan, así lo espero, unos cuantos años de amistad, de pasable salud, de rutinarios afanes, de expectativa ante la suerte, pero ¿cuántos me quedan de placer? Tenía veinte años y era joven; tenía treinta y era joven; tenía cuarenta y era joven. Ahora tengo cincuenta años y soy «todavía joven». Todavía quiere decir: se termina.” (pág. 75)

Y de pronto, el milagro. En la empresa para la cual trabaja Martín entra a trabajar la joven Laura Avellaneda, de 24 años, veinticinco menos que Martín. Su figura decidida, inteligente, entregada y amorosa hace que en la novela (que es en forma de diario) comiencen a asomar anotaciones esporádicas y tímidas (“Avellaneda tiene algo que me atrae. Eso es evidente, pero ¿qué es?”) y, en la forma cálida y sencilla que tiene la literatura hispanoamericana de explotar las palabras, el diario se acaba convirtiendo en una eclosión de arrojo a la vida, una vuelta al ruedo de Santomé a los 49 años, igual que cuando, de niños, a pesar de habernos raspado una y otra vez las rodillas, seguimos subiéndonos a la bicicleta. Una entrañable muestra de amor pleno entre dos generaciones, distantes, sí, pero tan unidas a un tiempo.

Santomé alquila un apartamento exclusivamente para ambos, donde se crea la retroalimentación esencial: se convierten a la vez en el primer y último respiro del tiempo, el uno para el otro. Martín ha vuelto a asir la vida, ha vuelto a tener a sus tres hijos y ha vuelto, de algún modo, a Isabel en representación de Laura: porque lo cierto es que, cuando se habla del amor no se habla de cuerpos ni de nombres ni de edades, sino del terreno último al que llegar en cualquier vida, un país sin expatriados, el lugar donde todo se crea y se concluye. No importa lo que digan: Martín tiene cincuenta años y ha nacido dos veces.

“Quiero creer que es cierto, quiero creer que estoy hecho de buena madera. Quizá ese momento haya sido excepcional, pero de todos modos me sentí vivir. Esa opresión en el pecho significa vivir.” (pág. 121)

Pero hay un acontecimiento final (porque tiene que haber un acontecimiento final) tan doloroso como necesario, porque esa (entonces lo entiendes) es la única manera en que la novela puede quedar vertebrada, y cobrar un sentido valioso y completo: comprender el significado de esa tregua, La tregua que da Dios, que en ocasiones nos da también a nosotros, Dios entendido como Dios, o ya no Dios, sino un ente abstracto en la cabeza de cada uno, algo que mueve los hilos y nos maneja a sus anchas, o una manera de decirnos las cosas, o la forma que tuvo el mundo de poner a Avellaneda en la vida de Santomé, y a Santomé en la vida de Avellaneda. Quizá, en efecto, se nos permite entender todo un poco más a través de La tregua (o no entenderlo en absoluto, como siempre, pero enfadarnos un poco menos).

“ Ahora las relaciones entre Dios y yo se han enfriado. Él sabe que no soy capaz de convencerlo. Yo sé que él es una lejana soledad, a la que no tuve ni tendré nunca acceso. Así estamos, cada uno en su orilla, sin odiarnos, sin amarnos, ajenos.” (pág. 150)

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2 Respuestas a “LA TREGUA, de Mario Benedetti

  1. Nunca hay que dejar de creer en la alta probabilidad de lo inesperado. Y es axiomático que a los 50 su valor aumenta considerablemente, y que cuando se juzga todo perdido se encuentran motivos para levantarse, bañarse, entalcarse, perfumarse, peinarse, vestirse…

  2. No dejes caer los párpados pesados como juicios, no te quedes sin labios, no te duermas sin sueño, no te pienses sin sangre, no te juzgues sin tiempo.

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