UN POQUITO DE CALMA (Platero y yo)

Cuando era muy niña mi padre me leía el comienzo de Platero y yo antes de dormir.  Acababa de llegar de trabajar y estaba cansado, a veces se saltaba palabras o las cambiaba, y yo  -que de tanto oírlo me lo sabía de memoria- lo notaba y le pedía que me lo leyera bien.  Al menos eso es lo que me cuenta.  Yo creo recordarlo pero quizá sea un falso recuerdo, uno de esos recuerdos cuyas imágenes nos construimos en la cabeza y luego nos creemos como si fueran de verdad.

Supongo que luego me lo leí en la Universidad, o quizá antes, cuando hacía el bachillerato, o después, cuando me dio por leer a destajo para solventar mis carencias literarias.  No lo recuerdo.  Después me he acercado al exquisito libro de Juan Ramón Jiménez muchas veces, generalmente buscando textos para trabajar con mis alumnos los adjetivos, la cohesión de textos, el valor del diminutivo, el estilo nominal, la enumeración, las metáforas…. qué sé yo, todo se puede estudiar a partir de Platero y yo.

Y el otro día, buscando libros para expurgar y hacer sitio en mis estanterías, volví a coger ese pequeño libro azul de tapa dura, destartalado y pintarrajeado, con un pequeño burrito gris dibujado en la portada.  Todavía subida al taburete en el que estaba encaramada y en medio de un caos de libros amontonados por el suelo, lo empecé a leer otra vez.  Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos… Y me senté y seguí leyendo, seguí por mucho rato.  Y al día siguiente.  Y al otro.

Qué extraña paz destilan sus palabras.  Hay libros que interesan, otros que emocionan, o que inquietan, o que enganchan, o que asombran.  Platero y yo calma.  O quizá sea que la infancia, incluso la que no se recuerda, nos marca también en detalles insospechados.  Quizá mi gusto por los higos, con su cristalina gotita de miel, y mi necesidad de leer, ese placer de buscar la belleza a través de las palabras, me vienen de Platero y yo.  Quizá sea la  voz de mi padre la que unas cuantas décadas después impregna de esa impagable paz las palabras de Juan Ramón.

El destartalado libro azul se vuelve a salvar del expurgo.

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