EL CUENTO DE LA CRIADA, de Margaret Atwood

Imagen de la serie creada a partir de la novela de Margaret Atwood

Imagínate, lector, lectora, que vas a pagar una compra con tu tarjeta y que descubres que todo tu dinero ha volado; pruebas con otra tarjeta y lo mismo. Y como a ti, lectora, le pasa a todas las mujeres, y todo el dinero transferido a padres, maridos, hermanos varones. “Nos han desconectado”, dice la mujer que luego será Defred (p.248). Y ese es solo el comienzo de la pesadilla que le ocurre a la protagonista de El cuento de la Criada, de la que ignoramos su nombre, porque incluso la identidad le ha sido arrebatada. Defred no es más que un patronímico formado por la preposición posesiva “De” (Off en el idioma original) y el nombre del hombre al que sirve.

La novela nos deja asomarnos, con la prevención del que mira por la mirilla, a la primera época de la República de Gilead, que es en lo que se han convertido los EEUU de los noventa tras un deterioro ecológico extremo, el declive de la natalidad, el asesinato del presidente y la destrucción de las instituciones políticas y el ejército conocido. Una república de corte teocrático, extremadamente puritana, que intenta “salvar” a las mujeres de situaciones como asesinatos, violaciones, abortos, secuestros de niños, cánones de belleza inalcanzables, operaciones de estética, anorexia… Pero el coste de la seguridad es la libertad.

Y en la República de Gilead las mujeres que no han podido huir, sometidas totalmente a los hombres, están clasificadas según su función y distinguidas por su vestimenta: de azul, las Esposas; de verde, las Marthas –que se ocupan de las tareas del hogar-; de marrón, las Tías –que adiestran a las Criadas-; de gris, las No Mujeres (mujeres estériles, lesbianas, ancianas, rebeldes al régimen, que se ocupan de limpiar los vertidos tóxicos en las temidas Colonias). Y las Criadas, mujeres cuya única función es gestar hijos, ese bien tan escaso y tan preciado, vestidas de rojo, como la sangre, con una toca blanca que les limita y dirige la visión y el pensamiento.

Pero la Republica de Gilead no es solo una organización política, es también un estado interior. Poco a poco descubrimos con escalofrío que las palabras de la Tía Lydia, “Gilead está dentro de ti” (p.51), son ciertas, y que Defred, que ha conocido una vida libre y “normal”, como la nuestra, que se ha reído, se ha divertido y ha amado, no siempre es crítica con su vida impuesta, sino que interioriza poco a poco las ideas y costumbres extraordinariamente rígidas y puritanas que les inculcan sin cesar. “Estas costumbres de otro tiempo ahora me parecen lujuriosas, casi decadentes; inmorales…” (p.167). No pensar. Conformarse. Acostumbrarse. Hasta que se asuma el horror como consustancial a uno mismo, como algo normal. Se convertirá en “algo normal” la visión de los disidentes ahorcados en el Muro, el juzgar sin compasión a otras mujeres, el participar en ceremonias rituales punitivas, el no levantar nunca la cabeza, hablar siempre en susurros. “Normal” que esté todo prohibido: leer, escribir, besarse, reír, jugar, tocarse.

Prohibido leer, prohibido escribir. Y castigado con la amputación de una mano. Las palabras son peligrosas, y la República de Gilead, como todas las dictaduras, es experta en tergiversarlas y manipularlas. Sin embargo, la relación de Defred con las palabras es conmovedora: las utiliza como coraza, como refugio, como sustento. Tiene a su alcance muy pocas, entre ellas la inscripción en falso latín “Nolite te bastardes carborundorum”, grabado por “la anterior Defred” en el interior de un armario, y que se convierte en el motor de la novela, ya que a Defred le proporciona la fuerza suficiente para seguir adelante. También puede leer algunas iniciales y fechas grabadas en viejos pupitres, antiguas declaraciones de amor adolescente (“M. ama a G. 1972”). “Quienquera que lo haya hecho, alguna vez estuvo vivo” (p.165), piensa Defred, porque es el amor lo que falta a la aparentemente perfecta república de Gilead . “Es por falta de amor por lo que morimos”, dice la Criada (p.151). Es el amor el que hace vivir. Y es el amor, el que en definitiva quizá pueda salvarla.

Sin duda hay grandes imágenes tremendamente perturbadoras en este libro, secuencias que obligan a detener la lectura y respirar hondo para escapar de Gilead por unos segundos: los ahorcados en el Muro, la terrible sesión de Testimonio donde la crueldad entre mujeres corta el aliento, La Ceremonia –ese acto sexual impersonal, aséptico y descarnado, con justificaciones bíblicas-,  El Salvamento y La Particución (un acrónimo terrible que une participación y ejecución), que permitía a las Criadas un siniestro desahogo.

Y quizá estas imágenes estallan con fuerza por el contraste con decenas de imágenes pequeñas pero potentísimas, que configuran y dan coherencia a la novela: el blanco impoluto de las habitaciones y de la toca de las Criadas frente al rojo de su vestimenta; una mano extendida al sol entre los cristales blindados de una ventana que solo puede entreabrirse; una hoja roja caída, brillante, llena de nervaduras…

Y multitud de sonidos que se evocamos entre al silencio reinante: la ropa que cruje, las campanadas del reloj, el motor de las temibles furgonetas, el ruido sordo de un libro que cae en el regazo, los susurros, un crujido de la madera, pasos sigilosos, los latidos del propio corazón, el ritmo letárgico de las letanías. Y olores, también multitud, que tienen un profundo poder evocador: la levadura de pan que huele a madre, el jabón que huele a hija, el tabaco que huele a sexo y a deseo… Imágenes (con ese blanco y rojo omnipresentes), sonidos (tan cercanos al silencio) y olores (básicos, primordiales) que nos introducen en la República de Gilead, también república interior, y nos envuelven con un realismo que sobrecoge.

Porque El cuento de la Criada es una distopía inquietante que aterroriza por su verosimilitud, ya que, tal como explica Margaret Atwood, nada de lo que relata ha sido ajeno en algún momento de la historia: “Si iba a crear un jardín imaginario, quería que los sapos fueran reales” (p.12). Robos de niños, mujeres cuya única función es procrear, poligamia, castigos extremos, rituales, espionaje, mujeres ocultas tras sus vestimentas, castigos… todo ha ocurrido alguna vez, u ocurre, y quizá vuelva a ocurrir. Porque la propuesta de El cuento de la Criada asusta por esa pátina de posibilidad que lo envuelve.

Y sin embargo, aunque no sabemos exactamente cuál fue el final de Defred, aunque cerramos la última página sin saber aún su verdadero nombre, hay un pequeño hálito de esperanza, ya que en algún momento pudo contar y contó. Grabó su historia en treinta cintas y en ellas una mujer sin nombre nos cuenta un cuento, porque “si es solo un cuento, parece menos espantoso” (p.207), porque “Yo cuento, luego tú existes” (p.294).

Y ese “tú” eres tú, lector, lectora, que estás a punto de empezar a leer la novela o que ya la has terminado. Tú, que con tu lectura y tu memoria puedes evitar que el cuento que nos cuenta una Criada sin nombre (que narra situaciones que alguna vez, en alguna parte, existieron, o quizá existan en la actualidad, o puedan llegar a existir) “se nos deslice de las manos y desaparezca” (última página).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s