CASA DE MUÑECAS, de Patricia Esteban

CASA DE MUÑECAS, de Patricia Esteban Erlés.  Ilustrado por Sara Morente.  Páginas de espuma.  Reseña escrita por María Perisé (1º Bachillerato)

Patricia Esteban Erlés con este su primer libro de microrrelatos consigue llevarnos a lo más profundo de nuestro ser donde anidan, adormecidos, sentimientos y deseos que jamás llevaríamos a la práctica si no fuera a través de un juego y por qué no, a través de una Casa de Muñecas de la que nos servimos para que nuestra imaginación no pare de crear.

Si hay un juguete deseado y añorado por todas las niñas cuando somos pequeñas es, sin duda,  una casa de muñecas que nos permita plasmar en esos seres minúsculos que la habitan nuestros sueños construyendo al mismo tiempo una vida paralela a la nuestra, donde se pone de relieve y sacamos a la luz  nuestros conflictos.

Patricia Esteban en su libro y a lo largo de diez habitaciones y cien relatos nos lleva a reflexionar sobe nuestras realidades y dramas y con muchas metáforas e ironía nos pone los pies en la tierra a través de fantasmas y espectros que habitan en la casa de muñecas.

Celos, infidelidades, perfeccionismo, ¿quién no ha pensado alguna vez en deshacerse de su hermano pequeño por celos?, o ¿en querer ser otra persona gracias a las operaciones de cirugía porque lo que ve en el espejo no le gusta?, ¿o en volver la cara ante la infidelidad conyugal por pura conveniencia?, ¿o de ser princesa de un cuento de hadas con nuestro príncipe azul?

En el desván se esconden fantasmas, espectros, hay mujeres atrapadas en el espejo, los muertos salen de sus tumbas y habitan junto a nosotros, en los armarios se esconden cosas y gentes que invaden nuestra vida, monstruos debajo de la cama que no te dejan mirar, te sientes observada, ojos que te siguen, se oyen ruidos, enciendes la luz.

Si al relato añadimos las ilustraciones de Sara Morante, “Casa de Muñecas” se convierte en una lectura que no te dejara indiferente. ¿Las muñecas tienen alma?

“Supimos de la perfección por nuestras muñecas.   Aprendimos de ellas los rizos inmóviles, las rodillas juntas si se usa falda, una sonrisa discretamente tintada de geranio y la mirada de vidrio limpio que debe mostrarse a los adultos con traje.   Aprendimos también que ellas iban a sobrevivirnos, que vigilarían nuestra ausencia desde el mismo estante imperturbable, como gárgolas de habitación infantil.   Nos enseñaron la muerte y ese día decidimos cambiar las reglas del juego, sonriendo amables mientras tirábamos hacia atrás un poco mas de la cuenta, al cepillar sus lustrosas cabelleras de niñas sombrías” .                             (Patricia Esteban Erlés, Casa de Muñecas, pág. 24)

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