LA SONRISA ETRUSCA, de José Luis Sampedro

la-sonrisa-etruscaLA SONRISA ETRUSCA, de José Luis Sampedro  (Reseña escrita por Andrea Tío, de 1º Bachillerato)
«Eso, así, ¿ves cómo aprendes? Así, a golpes y a caricias… Así somos los hombres: duros y amantes.»
 
Hasta el cuello de humanidad, y rebosante de sencillez y ternura, La sonrisa etrusca de José Luis Sampedro no es un libro, es un manual para reaprender a amar las cosas.
Parco y tosco, un viejo campesino calabrés, Salvatore Roncone, Bruno para sus camaradas partisanos, se instala en casa de su hijo en Milán para tratarse de un cáncer que, poco a poco pero irrevocablemente, se abre paso a dentelladas en los adentros de quien un día fuera el héroe de Roccasera, benefactor del pueblo, tres veces herido en la guerra contra los tedescos.


El viejo reconoce su dureza rural en su fuerte animadversión, su (triste, eso sí) regodeo ante la ciudad italiana, centro de las prisas, los agobios y los sinsabores cosmopolitas. («Temerosos siempre de no saben qué, y eso es lo peor. (…) Nunca están en su ser; siempre en el aire. Ni machos ni hembras del todo; no llegan a mayores pero ya no son niños.»)
Sin embargo, el viejo Bruno conocerá en Milán a su nieto, su último afecto: Bruno también.  Bruno.  Su Brunettino: blanquísimo ángel, una pequeña criaturita tierna y blanda, de un olor tibio, tenue y dulzón, embriagante y posesivo; a lo que huele el amor.
En él volcará toda su ternura; compañero de sus noches, evocará con él sus primeros pasos, allá en la tierra calabresa: también a él le ayudará a darlos.
Así, como un solo cuerpo, las dos figuras avanzarán juntas, sin soltarse jamás, hasta emerger en un mismo aprendizaje: el uno, a ser hombre; el otro, a estar vivo.
Conocerá también a una mujer, dando forma a su última pasión: un amor al que entregarse entero, sin hacer ruido, sin artificios. Un amor casero y justo, sencillo, como los de antes.
Y así, caminando juntos por la vida que les queda, resolverán las derrotas, los mordiscos de los fracasos, conocerán el alma humana, descubrirán el secreto último de la vida, de este viaje milenario: darse y recibir. No pedir más a la vida.  («Que no se rompa.»)
Duro y amante, Salvatore Roncone, que se crió a puñetazos contra todo, al fin lo comprende. Triunfador ya, de alguna manera, en este mundo; sereno ante la puerta que le aguarda, porque ya sabe vencer al destino.

Del mismo modo en que todos necesitamos amistades, analgésicos, afectos… también todos necesitamos este libro. Todos necesitamos gente a la que amar. 
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