AVENIDA DE LOS MISTERIOS, de John Irving

La avenida de los misterios, de John Irving

La avenida de los misterios, de John Irving

JOHN IRVING, Avenida de los misterios.  Tusquets, 2016.

Atención: en esta novela dos mundos, el de la imaginación y el de la realidad, se aproximan a velocidad de colisión.

El mundo  literario de Avenida de los misterios, como el de Juan Diego -el protagonista de la historia, un escritor mexicano que lleva cuarenta años viviendo en Iowa, EEUU-,  es “un mundo predestinado; lo inevitable se cierne en el futuro” (p.288).  Y lo inevitable está en la infancia.  Ahí vuelve Juan Diego una y otra vez, porque en la infancia y primera adolescencia es donde se encuentra el origen de todo.

Juan Diego toma de forma caótica un medicamento para el corazón, y sus dosis excesivas (o la falta de ellas) le sumergen fácilmente en un sueño lleno de recuerdos, o en recuerdos con forma de sueños.  Así, de la mano de su onírica imaginación, recorremos una infancia como “niño de la basura” en un vertedero de Oaxaca (México)  y como futuro funambulista en el circo La Maravilla de esa misma ciudad.  Y también lo acompañamos en su presente, en mitad de la cincuentena, con cierta propensión a la tristeza, a la ternura, a la imaginación y a encontrarse una y otra vez con dos mujeres un tanto “irreales”, una especie de ángeles del sexo y la muerte, que le acompañan en un viaje a Filipinas, país al que acude para saldar una promesa de la infancia.

Pero Juan Diego no está solo.  Le acompañan en su recorrido vital unos cuantos de esos personajes tan propios de Irving y tan, tan especiales.  Lector, caerás rendido a los pies de Lupe, la hermana de Juan Diego,  una insólita niña de trece años, inteligente, sincera y deslenguada, que todos creen retrasada debido a su lenguaje ininteligible que sólo Juan Diego puede traducir, y que además tiene la extraordinaria capacidad de leer el pensamiento, conocer el pasado e incluso a veces el futuro de las personas con las que se cruza.  (Con el permiso de Irving, tomamos prestado de la delirante Lupe el acertado improperio “giliplayas” y nos lo apropiamos para futuras oportunidades de uso.)

Conocerás también al hermano Pepe, jesuita bondadoso y comprensivo, que descubre la extraordinaria capacidad lectora de Juan Diego, allá en el vertedero.  Y a Edward Bonshaw, el “señor Eduardo”, aspirante a jesuita, estrafalario, divertido, incondicional y… muy desorientado.  Y a la maravillosa Flor, que nos recuerda un poco a la Señorita Frost de Personas como yo.  Y muchos más:  el gringo bueno, el doctor Vargas, Esperanza, la doctora Rosemary, Miriam y Dorothy, Rivera, Clark French… que conforman un universo lleno de humor, nostalgia y dignidad, un mundo en colisión con la sórdida dureza de la realidad del vertedero, del circo, de la enfermedad, de la pérdida y de  la muerte. (Y así, por ejemplo, cuánta ternura y respeto en las páginas donde el SIDA muestra su terrible presencia.)

Además, Avenida de los misterios es también una novela sobre la literatura: sobre por qué escribir, sobre el poder de la lectura y la calidad de real de lo que solo ocurre -aparentemente- en los libros; la literatura que, una vez más, nos salva de la soledad y de la sensación de ser extraños en cualquier lugar:

-Recuerda Juan Diego: tú eres un lector -dijo el ‘señor Eduardo’ al muchacho, que tenía cara de preocupación-.  Hay una vida en los libros, y en el mundo de tu imaginación; existe algo más que el mundo físico, incluso aquí.  (p.300)

Nosotros somos el milagro“, decía Lupe en su indescifrable lenguaje.  Y en medio de la sordidez y de la ausencia de futuro del basurero y el circo, por fin ocurre un auténtico milagro. Y como el mundo literario de Juan Diego es un mundo predestinado, nos lo anuncia Irving ya desde la cita de Shakespeare que precede a la novela:

… que siempre acaba el caminar
cuando se encuentra el amor.

john irvingSi quieres leer la reseña sobre Personas como yo, pincha AQUÍ.  Si quieres leer una entrevista con John Irving en su presentación de Avenida de los misterios, pincha AQUÍ.

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