EL SEGUNDO SEXO, de Simone de Beauvoir.

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Presentar un libro como El segundo sexo exige, entre muchas otras cosas, gran responsabilidad. Supone situarse ante el ensayo existencialista feminista más decisivo del pensamiento contemporáneo y mirar de frente a una mujer excepcional, Simone de Beauvoir.

Simone se hace una pregunta que, probablemente, muchas de nosotras nos hemos planteado más de una vez: ¿Qué ha supuesto para mí ser mujer? Esta cuestión tan sencilla es radical, pues las respuestas que las mujeres darían pondrían de manifiesto los obstáculos, silencios, derrotas, renuncias, servidumbres con los que la civilización nos ha ido moldeando durante siglos. Cuestión sencilla pero fundamental, porque hasta haber ganado por lucha y derecho nuestra autonomía, el ser de las mujeres ha sido un ser forjado por otros. El ser propio de un segundo sexo. Así afirma en la p 221: “La mujer se conoce y se elige como la define el hombre

Sigue siendo necesario comprender que ni la naturaleza ni el destino ni los mitos pueden condicionar la realidad de las mujeres. Es un primer paso para reconocer que las mujeres son sujeto, trascendencia, proyecto en libertad que se construye por sí mismo.  Por ello, este ensayo de Beauvoir es de lectura obligada para los hombres, los protagonistas de la historia escrita en masculino plural. La filósofa analiza con la precisión de un cirujano las realidades construidas sobre las características biológicas de la mujer, el enfoque que el psicoanálisis proporciona de la mujer como ser incompleto o mutilado, la perspectiva del materialismo histórico que hermana la lucha de la mujer a la del proletariado, así como las diferentes etapas históricas que, revolución bolchevique incluida, prolongaron la insignificancia de las mujeres en la historia, y los mitos con los que se ha adornado una vida inauténtica, la de la alteridad nunca soberana.

Cuando Simone de Beauvoir escribe El Segundo sexo, las mujeres llevaban décadas de lucha en muchos países de occidente. Sin embargo, aún no se había escrito una obra en la que se hubieran creado las categorías necesarias para tomar conciencia profunda de la realidad femenina y adquirir la carta de naturaleza filosófica que merecía. Su condición de “fille rangée” no le impidió romper esquemas prefijados y aniquilar un destino diseñado por lo que otros esperaban de chicas como ella. Tampoco la sombra proyectada por su pareja, el filósofo existencialista por excelencia y célebre intelectual Jean Paul Sartre pudo eclipsarla.

Simone lo consiguió y,  aunque se la excluya de currículos de Filosofía y  se silencie su palabra precisa y profunda en muchos ámbitos en los que se le desea vacío y olvido, su mirada desafiante permanece orgullosa. Si algún día sus libros fueran leídos en bibliotecas de países donde las niñas no pueden estudiar, si sus páginas dieran fuerza a mujeres que aún no han tomado las riendas de su vida, la mirada orgullosa de Simone,  sonreiría con la complicidad de la hermana mayor que nos ha abierto la senda.

“Que nada nos limite, que nada nos defina, que nada nos sujete, que la libertad sea nuestra propia sustancia”

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