LA FLEUR MAUDITE / El último de la estirpe, de Fleur Jaeggy

JaeggyMaldita seas, Fleur Jaeggy. Maldita por habernos dado esta bienvenida glacial, con los brazos distantes, el rostro altivo y la mirada oblicua e inclemente de tus relatos.
Maldita, por conducirnos con el sigilo de latitudes frías a través de soledades que trenzan una soga de la que cuelga la importancia de tener éxito en la vida.
Maldita, por descubrirnos el sentido de pertenencia que tienen los objetos, ese que agudiza el sufrimiento de quienes, exiliados, no pertenecen a ninguna parte.
Maldita, por instalar en nuestra mente la imagen de una carroza que se desliza en la nieve ebria y silenciosa, haciendo de mí, por unos momentos y para siempre, la última de mi estirpe.
Maldita, por hermanarnos a Regula y enseñarnos a apreciar el vacío en todos sus matices, también en nuestra vida.
Maldita, por bendecir nuestra unión con lo que está oculto, como Agnes la asceta.
Maldita, por descubrirme soberbia siempre que he estado terriblemente convencida de lo que no se cumple.
Maldita, por demostrar que un pretexto basta para incitar, sin motivo, los gestos y los impulsos humanos.
Maldita, por saber celebrar la despedida de un breve encuentro.
Maldita, por revelarnos toda la infelicidad de la vida de una madre en una fotografía.
Maldita, por conseguir la amistad de un pez, cuando apenas te dignas a mirar a las lectoras entregadas a tu magnetismo.
Maldita, por haberte especializado brillantemente en no perturbar la tristeza de los demás.
Maldita, por desvelarnos la felicidad oscura a la que ya no podemos resistirnos. La que celebra la no existencia, desea la renuncia y observa la propia nada.
Maldita, por hacernos comprender que vivir es ponerse a la labor de ocultar cadáveres.
Maldita, por impedir que nadie se entrometa entre una misma y la muerte del padre, ni si quiera un traje de luto para el funeral.
Maldita, por sumergirnos en el hecho de escribir como la evasión de una palabra y a la vez la caza de las palabras.
Maldita, por experimentar con tu lector atento, suscitando la duda permanente en la relación entre las cosas y sus nombres.
Maldita, por inocular la sospecha incalificable de que el canto de los pájaros pudiera ser en realidad el sonido con el que los muertos nos hablan de lo que no nos quieren contar.
Maldita, por elevar a categoría la alegría de lo que se desvanece.
Maldita, por diseccionar la perversidad de la elección perfecta.

Maldita, porque , desde ahora y para siempre, la felicidad que ostenta un paisaje nos hará sentir desdichadamente incompletos.
Maldita seas, Fleur Jaeggy, por no permitirnos escribir sobre tus páginas algo hermoso.

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