VIERNES A ÚLTIMA HORA

Mirar-por-la-ventana

El día está furioso, triste,  conmovido, agitado,  confuso.

Está moviendo sus verdes y pálidas hojas con la brisa. Las acaricia, les está dando  movimiento, se balancean, se agitan como si estuvieran a punto de echar a volar.

Se oye el chirrido de una persiana subiéndose para dejar pasar la poca luz que hay, algunas mesas arrastrándose, el sonido de algún bolígrafo en la otra punta de clase y la voz monótona de la profesora, hablando lentamente sobre la Literatura en la Edad Media.

Es un viernes, otro viernes vacío en clase, el día está triste y dolorido como mi sonrisa, oculta el sol, llueve silenciosamente, mientras estoy encerrada en una clase de pálidas paredes. Entre tanta gente, observo a la profesora, sigo sus lentos movimientos inexpresivos con la mirada, y de vez en cuando observo con el rabillo del ojo a mi compañera de al lado mordiéndose las uñas, o ese chico de delante chasqueando el bolígrafo, esperando a que toque el timbre, todos medio dormidos en la última y pesada hora de un viernes, y la profesora con su voz, como si nos estuviese cantando una nana.

Las hojas se siguen agitando con la brisa, unos pequeños rayos de sol bañan las hojas en un amarillo claro, les da vida, y desaparece de nuevo para dejar lugar a las grises nubes. Todo desaparece, todo se va.

(Yousra, 3º ESO)

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