EL VALOR DE DISERTAR

MILHOJAS os presenta la disertación que la alumna María Pardillos Celeméndiz escribió en la fase nacional de la Olimpiada de Filosofía.  Con este ensayo afrontó el vértigo, durante hora y media y lidió con un tema tan inquietante y complejo como: Nuevas tecnologías e identidad humana.

Qué complicado es aprender a disertar. La disertación o ensayo filosófico no es una prueba más. Los que nos hemos enfrentado a ella lo sabemos bien. Como principiante, te hace pasar por estados mentales muy diferentes, ante un folio que pocas veces se muestra tan acechante y retador como cuando espera nuestro ensayo. Pues bien, la práctica no mejora esta situación inicial, pero sí los resultados.

Paradójicamente, algo nos tienta a no abandonar. Si tenemos un poco de paciencia, las ideas que producirá nuestra mente pueden convertirnos en una especie de exploradores, aventureros del pensamiento. Podremos buscar las fuentes de un tema, acotándolas con criterio, porque son inagotables. Para ello, contamos con bibliotecas, ya que no sólo existe internet. Pero algo que hará única nuestra disertación serán las ideas propias, bien expuestas y argumentadas.

En Francia, una de las pruebas más importantes del Baccalauréat, (la prueba que equivale a nuestra Selectividad, ahora EBAU) es la disertación filosófica. En este artículo de El Confidencial, ciudadanos franceses recuerdan la disertación filosófica que escribieron para culminar su bachillerato. La cuestión a disertar del curso pasado fue ¿Podemos librarnos de nuestra cultura?

La filosofía invita a descubrir, a relacionar ideas, a romper planteamientos que parecían inamovibles, a que juguemos con el pensamiento. “Los replicantes y la nietzscheana muerte de dios”, “Alicia en el País de las maravillas y la Lógica Aristotélica”. Y también a cuestionarse a uno mismo, a buscar esos argumentos con los que nuestras posiciones se ponen a prueba.

 

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LA TREGUA, de Mario Benedetti

LA TREGUA, de Mario Benedetti.  Editorial Alfaguara.  Reseña escrita por Andrea Tío (2º Bachillerato)

 

“Usted no sabe cómo yo valoro su sencillo coraje de quererme.”

La tregua (1959) es quizá el testimonio más implacable, doloroso y cierto que ha escrito el uruguayo, y es a la vez la forma que tiene de decirnos que nunca es tarde. Que justamente ahí, cuando uno siente que no puede más, es a menudo el momento en el que más hace falta seguir.

El protagonista, Martín Santomé, es un funcionario que ha sido derrotado en casi todo. Próximo a su jubilación, piensa en qué hará entonces, cuando la ruinosa necesidad del trabajo no le saque de las tempestades de su casa, cuando la franja se convierta en abismo. Piensa en si hablará con sus tres hijos, Jaime, Blanca y Esteban, desprendidos casi totalmente de él. Piensa en si, realmente, volverá a hablar con alguien, y en cómo cubrirá la ausencia de Isabel, su mujer, una vez que la jubilación acapare su tiempo y lo llene todo de nada: Isabel murió dando a luz a Jaime, el pequeño de los tres hijos, dejando un vacío que todavía nadie ha solventado. (Mucho menos Santomé; eso es lo malo de haberlo tenido todo en el otro, de habérselo todo dado al otro: que cuando se marcha, te estás marchando tú también).

“ Aún me quedan, así lo espero, unos cuantos años de amistad, de pasable salud, de rutinarios afanes, de expectativa ante la suerte, pero ¿cuántos me quedan de placer? Tenía veinte años y era joven; tenía treinta y era joven; tenía cuarenta y era joven. Ahora tengo cincuenta años y soy «todavía joven». Todavía quiere decir: se termina.” (pág. 75)

Y de pronto, el milagro. En la empresa para la cual trabaja Martín entra a trabajar la joven Laura Avellaneda, de 24 años, veinticinco menos que Martín. Su figura decidida, inteligente, entregada y amorosa hace que en la novela (que es en forma de diario) comiencen a asomar anotaciones esporádicas y tímidas (“Avellaneda tiene algo que me atrae. Eso es evidente, pero ¿qué es?”) y, en la forma cálida y sencilla que tiene la literatura hispanoamericana de explotar las palabras, el diario se acaba convirtiendo en una eclosión de arrojo a la vida, una vuelta al ruedo de Santomé a los 49 años, igual que cuando, de niños, a pesar de habernos raspado una y otra vez las rodillas, seguimos subiéndonos a la bicicleta. Una entrañable muestra de amor pleno entre dos generaciones, distantes, sí, pero tan unidas a un tiempo.

Santomé alquila un apartamento exclusivamente para ambos, donde se crea la retroalimentación esencial: se convierten a la vez en el primer y último respiro del tiempo, el uno para el otro. Martín ha vuelto a asir la vida, ha vuelto a tener a sus tres hijos y ha vuelto, de algún modo, a Isabel en representación de Laura: porque lo cierto es que, cuando se habla del amor no se habla de cuerpos ni de nombres ni de edades, sino del terreno último al que llegar en cualquier vida, un país sin expatriados, el lugar donde todo se crea y se concluye. No importa lo que digan: Martín tiene cincuenta años y ha nacido dos veces.

“Quiero creer que es cierto, quiero creer que estoy hecho de buena madera. Quizá ese momento haya sido excepcional, pero de todos modos me sentí vivir. Esa opresión en el pecho significa vivir.” (pág. 121)

Pero hay un acontecimiento final (porque tiene que haber un acontecimiento final) tan doloroso como necesario, porque esa (entonces lo entiendes) es la única manera en que la novela puede quedar vertebrada, y cobrar un sentido valioso y completo: comprender el significado de esa tregua, La tregua que da Dios, que en ocasiones nos da también a nosotros, Dios entendido como Dios, o ya no Dios, sino un ente abstracto en la cabeza de cada uno, algo que mueve los hilos y nos maneja a sus anchas, o una manera de decirnos las cosas, o la forma que tuvo el mundo de poner a Avellaneda en la vida de Santomé, y a Santomé en la vida de Avellaneda. Quizá, en efecto, se nos permite entender todo un poco más a través de La tregua (o no entenderlo en absoluto, como siempre, pero enfadarnos un poco menos).

“ Ahora las relaciones entre Dios y yo se han enfriado. Él sabe que no soy capaz de convencerlo. Yo sé que él es una lejana soledad, a la que no tuve ni tendré nunca acceso. Así estamos, cada uno en su orilla, sin odiarnos, sin amarnos, ajenos.” (pág. 150)

JESÚS MOSTERÍN. EL FILÓSOFO DE LA VIDA

Si me recuerdan, me gustaría que me recordasen como alguien que trató de vivir bien y de no hacer sufrir a los demás y que trató de no engañarse a sí mismo ni de engañar a los demás”. Así terminaba el programa “Pienso, luego existo” dedicado a Jesús Mosterín, uno de los pensadores que más vamos a añorar los que nos dedicamos a la Filosofía o, sencillamente, la amamos.

Dice Fernando Broncano que Mosterín, catedrático de lógica y filosofía de la ciencia de la universidad de Barcelona, fue muchas cosas, pero que por encima de todas ellas, era un filósofo de la vida. Su interés por las investigaciones científicas le llevó a adentrarse en la biología y a compartir posiciones con Richard Dawkins y Daniel Dennett. Amaba la ciencia porque amaba la naturaleza y esa rareza que irrumpe en ella y que llamamos vida.

Pocos como él han sido capaces de comunicar el conocimiento científico en sus libros sobre lógica, física, biología e historia de la filosofía. En las bibliotecas, especialmente en las bibliotecas caseras de los  profesores de Filosofía, los libros de Jesús Mosterín llevan impresa con tinta invisible la complicidad en la admiración que sentimos por el pensamiento de Aristóteles, en la necesidad de aprender sin límites y de hacer del conocimiento una manera de abrazar el cosmos, de sentirnos uno con él. Nos reafirman en esa condición de la Filosofía como el saber que no puede encasillarse o en letras o en ciencias, pues es la que tiende puentes.

Aquel muchacho que no podía frenar su curiosidad por todo, se inició en la filosofía al enterarse de la muerte de Ortega y Gasset. Una tiene la sensación de que a partir de entonces la sonrisa se quedó a vivir en su rostro.  Completó estudios de Lógica y Filosofía de la ciencia en Alemania. Descubrió con estremecimiento que en nuestras manos está la posibilidad de evitar el sufrimiento a otros seres humanos. Destacó por el acierto para abordar temas tan delicados como la eutanasia. Por ello es un referente para las personas que se plantean qué significa vivir con dignidad. Muestra de ello es el artículo de El País, titulado “Cita con la parca“, en el que explicaba su posición, justamente después de haber sido diagnosticado de un cáncer de pulmón.

También reflexionó sobre la compasión hacia los otros animales. El sufrimiento gratuito que tan a menudo les causamos es un indicador fiable del nivel de barbarie de una sociedad, ya que nos desvela la  cantidad de crueldad que en sus expresiones más diversas somos capaces de tolerar, incluso aplaudir. En cierto modo, es una hermosa coincidencia que Jesús Mosterín haya fallecido  un 4 de octubre, el día mundial de los animales. En “Mis filósofos de cabecera” respondía al entrevistador que una vez muerto le daría igual todo, pero que en principio preferiría que le comiesen  los buitres en vez de los gusanos. “Me parece más bonito que me coman los buitres, porque, entre otras cosas, iré volando con ellos por los aires“.

Defensor de la racionalidad que nos permite “vivir con los ojos abiertos” y de la libertad con la que lograremos algún día el orden en el que los seres humanos puedan vivir la vida que imaginan, MILHOJAS suscribe las palabras con las que  los redactores de “Filosofía hoy” se despiden de él. Porque no estamos para perder filósofos y menos si son buenos y aún menos si son muy, muy buenos. No estamos para perder ni una gota de sabiduría.

Podéis acercaros a este filósofo desde sus libros, como Lo mejor posible: racionalidad y acción humana (2008); La cultura de la libertad (2008); El triunfo de la compasión (2014).  Lo que no deberíais perderos son los 30 minutos del programa de la serie “Pienso, luego existo” que la 2 dedicó a Jesús Mosterín. Si hacéis “click” en la foto, os sorprenderá.

Jesús Mosterín

 

UN POQUITO DE CALMA (Platero y yo)

Cuando era muy niña mi padre me leía el comienzo de Platero y yo antes de dormir.  Acababa de llegar de trabajar y estaba cansado, a veces se saltaba palabras o las cambiaba, y yo  -que de tanto oírlo me lo sabía de memoria- lo notaba y le pedía que me lo leyera bien.  Al menos eso es lo que me cuenta.  Yo creo recordarlo pero quizá sea un falso recuerdo, uno de esos recuerdos cuyas imágenes nos construimos en la cabeza y luego nos creemos como si fueran de verdad.

Supongo que luego me lo leí en la Universidad, o quizá antes, cuando hacía el bachillerato, o después, cuando me dio por leer a destajo para solventar mis carencias literarias.  No lo recuerdo.  Después me he acercado al exquisito libro de Juan Ramón Jiménez muchas veces, generalmente buscando textos para trabajar con mis alumnos los adjetivos, la cohesión de textos, el valor del diminutivo, el estilo nominal, la enumeración, las metáforas…. qué sé yo, todo se puede estudiar a partir de Platero y yo.

Y el otro día, buscando libros para expurgar y hacer sitio en mis estanterías, volví a coger ese pequeño libro azul de tapa dura, destartalado y pintarrajeado, con un pequeño burrito gris dibujado en la portada.  Todavía subida al taburete en el que estaba encaramada y en medio de un caos de libros amontonados por el suelo, lo empecé a leer otra vez.  Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos… Y me senté y seguí leyendo, seguí por mucho rato.  Y al día siguiente.  Y al otro.

Qué extraña paz destilan sus palabras.  Hay libros que interesan, otros que emocionan, o que inquietan, o que enganchan, o que asombran.  Platero y yo calma.  O quizá sea que la infancia, incluso la que no se recuerda, nos marca también en detalles insospechados.  Quizá mi gusto por los higos, con su cristalina gotita de miel, y mi necesidad de leer, ese placer de buscar la belleza a través de las palabras, me vienen de Platero y yo.  Quizá sea la  voz de mi padre la que unas cuantas décadas después impregna de esa impagable paz las palabras de Juan Ramón.

El destartalado libro azul se vuelve a salvar del expurgo.

MÚSICA Y LLUVIA PARA ESTRENAR OTOÑO

Ha llovido en Zaragoza. Es tan poco frecuente ver sus calles mojadas y respirar esta calma húmeda que deja la ausencia de cierzo, que hoy el otoño cala en MILHOJAS.  Esta criatura es extremadamente sensible a los cambios que anuncian la llegada de una  nueva estación. Por eso ahora se queda extasiada bajo la lluvia, ante el amarillear de las hojas o con el olor del membrillo. Por no hablar del trance en el que se sumerge al escuchar una de las composiciones musicales que mejor ha plasmado cómo la naturaleza entera se entrega a la armonía que preside el fluir de las estaciones.

En este documento audiovisual disfrutaréis de algunas de las claves que hacen de Las cuatro estaciones de Vivaldi una obra maestra. Escuchar la pieza completa, también puede ser una propuesta inmejorable para suspender nuestras preocupaciones por unos minutos, en una tarde otoñal como la de este sábado.


EL CUENTO DE LA CRIADA, de Margaret Atwood

Imagen de la serie creada a partir de la novela de Margaret Atwood

Imagínate, lector, lectora, que vas a pagar una compra con tu tarjeta y que descubres que todo tu dinero ha volado; pruebas con otra tarjeta y lo mismo. Y como a ti, lectora, le pasa a todas las mujeres, y todo el dinero transferido a padres, maridos, hermanos varones. “Nos han desconectado”, dice la mujer que luego será Defred (p.248). Y ese es solo el comienzo de la pesadilla que le ocurre a la protagonista de El cuento de la Criada, de la que ignoramos su nombre, porque incluso la identidad le ha sido arrebatada. Defred no es más que un patronímico formado por la preposición posesiva “De” (Off en el idioma original) y el nombre del hombre al que sirve.

La novela nos deja asomarnos, con la prevención del que mira por la mirilla, a la primera época de la República de Gilead, que es en lo que se han convertido los EEUU de los noventa tras un deterioro ecológico extremo, el declive de la natalidad, el asesinato del presidente y la destrucción de las instituciones políticas y el ejército conocido. Una república de corte teocrático, extremadamente puritana, que intenta “salvar” a las mujeres de situaciones como asesinatos, violaciones, abortos, secuestros de niños, cánones de belleza inalcanzables, operaciones de estética, anorexia… Pero el coste de la seguridad es la libertad.

Y en la República de Gilead las mujeres que no han podido huir, sometidas totalmente a los hombres, están clasificadas según su función y distinguidas por su vestimenta: de azul, las Esposas; de verde, las Marthas –que se ocupan de las tareas del hogar-; de marrón, las Tías –que adiestran a las Criadas-; de gris, las No Mujeres (mujeres estériles, lesbianas, ancianas, rebeldes al régimen, que se ocupan de limpiar los vertidos tóxicos en las temidas Colonias). Y las Criadas, mujeres cuya única función es gestar hijos, ese bien tan escaso y tan preciado, vestidas de rojo, como la sangre, con una toca blanca que les limita y dirige la visión y el pensamiento.

Pero la Republica de Gilead no es solo una organización política, es también un estado interior. Poco a poco descubrimos con escalofrío que las palabras de la Tía Lydia, “Gilead está dentro de ti” (p.51), son ciertas, y que Defred, que ha conocido una vida libre y “normal”, como la nuestra, que se ha reído, se ha divertido y ha amado, no siempre es crítica con su vida impuesta, sino que interioriza poco a poco las ideas y costumbres extraordinariamente rígidas y puritanas que les inculcan sin cesar. “Estas costumbres de otro tiempo ahora me parecen lujuriosas, casi decadentes; inmorales…” (p.167). No pensar. Conformarse. Acostumbrarse. Hasta que se asuma el horror como consustancial a uno mismo, como algo normal. Se convertirá en “algo normal” la visión de los disidentes ahorcados en el Muro, el juzgar sin compasión a otras mujeres, el participar en ceremonias rituales punitivas, el no levantar nunca la cabeza, hablar siempre en susurros. “Normal” que esté todo prohibido: leer, escribir, besarse, reír, jugar, tocarse.

Prohibido leer, prohibido escribir. Y castigado con la amputación de una mano. Las palabras son peligrosas, y la República de Gilead, como todas las dictaduras, es experta en tergiversarlas y manipularlas. Sin embargo, la relación de Defred con las palabras es conmovedora: las utiliza como coraza, como refugio, como sustento. Tiene a su alcance muy pocas, entre ellas la inscripción en falso latín “Nolite te bastardes carborundorum”, grabado por “la anterior Defred” en el interior de un armario, y que se convierte en el motor de la novela, ya que a Defred le proporciona la fuerza suficiente para seguir adelante. También puede leer algunas iniciales y fechas grabadas en viejos pupitres, antiguas declaraciones de amor adolescente (“M. ama a G. 1972”). “Quienquera que lo haya hecho, alguna vez estuvo vivo” (p.165), piensa Defred, porque es el amor lo que falta a la aparentemente perfecta república de Gilead . “Es por falta de amor por lo que morimos”, dice la Criada (p.151). Es el amor el que hace vivir. Y es el amor, el que en definitiva quizá pueda salvarla.

Sin duda hay grandes imágenes tremendamente perturbadoras en este libro, secuencias que obligan a detener la lectura y respirar hondo para escapar de Gilead por unos segundos: los ahorcados en el Muro, la terrible sesión de Testimonio donde la crueldad entre mujeres corta el aliento, La Ceremonia –ese acto sexual impersonal, aséptico y descarnado, con justificaciones bíblicas-,  El Salvamento y La Particución (un acrónimo terrible que une participación y ejecución), que permitía a las Criadas un siniestro desahogo.

Y quizá estas imágenes estallan con fuerza por el contraste con decenas de imágenes pequeñas pero potentísimas, que configuran y dan coherencia a la novela: el blanco impoluto de las habitaciones y de la toca de las Criadas frente al rojo de su vestimenta; una mano extendida al sol entre los cristales blindados de una ventana que solo puede entreabrirse; una hoja roja caída, brillante, llena de nervaduras…

Y multitud de sonidos que se evocamos entre al silencio reinante: la ropa que cruje, las campanadas del reloj, el motor de las temibles furgonetas, el ruido sordo de un libro que cae en el regazo, los susurros, un crujido de la madera, pasos sigilosos, los latidos del propio corazón, el ritmo letárgico de las letanías. Y olores, también multitud, que tienen un profundo poder evocador: la levadura de pan que huele a madre, el jabón que huele a hija, el tabaco que huele a sexo y a deseo… Imágenes (con ese blanco y rojo omnipresentes), sonidos (tan cercanos al silencio) y olores (básicos, primordiales) que nos introducen en la República de Gilead, también república interior, y nos envuelven con un realismo que sobrecoge.

Porque El cuento de la Criada es una distopía inquietante que aterroriza por su verosimilitud, ya que, tal como explica Margaret Atwood, nada de lo que relata ha sido ajeno en algún momento de la historia: “Si iba a crear un jardín imaginario, quería que los sapos fueran reales” (p.12). Robos de niños, mujeres cuya única función es procrear, poligamia, castigos extremos, rituales, espionaje, mujeres ocultas tras sus vestimentas, castigos… todo ha ocurrido alguna vez, u ocurre, y quizá vuelva a ocurrir. Porque la propuesta de El cuento de la Criada asusta por esa pátina de posibilidad que lo envuelve.

Y sin embargo, aunque no sabemos exactamente cuál fue el final de Defred, aunque cerramos la última página sin saber aún su verdadero nombre, hay un pequeño hálito de esperanza, ya que en algún momento pudo contar y contó. Grabó su historia en treinta cintas y en ellas una mujer sin nombre nos cuenta un cuento, porque “si es solo un cuento, parece menos espantoso” (p.207), porque “Yo cuento, luego tú existes” (p.294).

Y ese “tú” eres tú, lector, lectora, que estás a punto de empezar a leer la novela o que ya la has terminado. Tú, que con tu lectura y tu memoria puedes evitar que el cuento que nos cuenta una Criada sin nombre (que narra situaciones que alguna vez, en alguna parte, existieron, o quizá existan en la actualidad, o puedan llegar a existir) “se nos deslice de las manos y desaparezca” (última página).

ASALTO

 

Mantra. Asalto, Valdefierro 2017

Acaba de terminar la edición del 2017 de Asalto, el festival internacional de arte urbano que toma las calles de nuestra ciudad cada año. MILHOJAS quiere aplaudir a organizadores y participantes de este fascinante evento que, edición tras edición, hacen de Zaragoza una ciudad más viva, libre y bella, transformando sus barrios. Este año han sido las calles y otros espacios del barrio de Valdefierro el “taller” de los creadores. Si no habéis visto aún el resultado, pasear por este barrio buscando las intervenciones de los artistas urbanos puede ser un buen plan para el fin de semana.

En la edición pasada se intervino en Las Delicias, nuestro barrio, en diferentes espacios del parque que rodeaba lo que en su día fue un psiquiátrico. “El parque de los locos” lo siguen llamando algunos. Lamentablemente, algunas de las creaciones ya no pueden disfrutarse por el vandalismo de unos pocos, como la de Gonzalo Borondo que podréis ver aún intacta en el vídeo de la pasada edición.

Zaragoza ya espera su siguiente Asalto, y los ciudadanos esperamos poder disfrutar de las intervenciones de este año durante mucho tiempo, mientras soñamos que todo, hasta un muro, puede ser reinventado, gracias al arte.

EL TÚNEL, DE ERNESTO SÁBATO (BOOKTRAILER)

Leer es fundamentalmente un acto de creación. El autor crea, pero el lector recrea.  ¿Existirían buenas novelas sin buenos lectores? Una novela tiene una lectura distinta por cada persona que la lee; incluso leída en otro momento de la vida posiblemente tendría también una lectura distinta.  Por eso leer se convierte en un acto personal e intransferible, y cada libro nos envuelve adaptándose a nuestra situación y nuestras necesidades.

Tres alumnos que ahora ya están comenzado 2º de Bachillerato (María Aller, Pablo García y Carlos Navascués) leyeron a finales del curso pasado El túnel, de Ernesto Sábato y su lectura volvió la novela del revés, como si fuera un guante.  Plasmaron su visión en el vídeo que os mostramos en esta entrada, en el que el punto de vista, como una cámara que gira lentamente, enfoca de lleno a María Iribarne.  Si el excepcional inicio de El túnel reza “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne”, el booktrailer de María, Pablo y Carlos comienza diciendo: “Me llamo María, María Iribarne, y os voy a contar la historia de mi asesinato”.

ALGUIEN HABLÓ DE NOSOTROS, de Irene Vallejo. Ed.Contraseña. 2017

Conocemos a Irene Vallejo porque la leemos, la escuchamos, la saludamos en las ferias del libro de nuestra ciudad, incluso hemos tenido la fortuna de compartir tiempo y palabra con ella en la biblioteca de nuestro instituto, cuando hace dos cursos conversamos sobre El silbido del arquero. Cómo acierta la editorial Contraseña, que es una de nuestras editoriales favoritas. Y cómo afina en sus portadas con magníficos ilustradores. Alberto Gamón es uno de ellos y de nuevo nos regala su exquisito trabajo en este libro. En su portada, ha transformado las columnas semanales del Heraldo de Aragón, construidas con palabras de Irene, en una columna jónica, presencia  del mundo clásico que perdura y sostiene la frente de un pensativo muchacho de nuestro tiempo en el cuerpo de un centauro. Sigue leyendo

RESOLUCIÓN

Vista nocturna de Las Ramblas de Barcelona.

Resolución de ser feliz

por encima de todo, contra todos

y contra mí, de nuevo

-por encima de todo, ser feliz-

vuelvo a tomar esa resolución.

Pero más que el propósito de enmienda

dura el dolor de mi corazón.

JAIME GIL DE BIEDMA

De vuelta otra vez ante un nuevo curso por explorar,  y con la firme resolución de ser felices.   MILHOJAS está preparado.

INVENTARIO

Con el final de curso llega el momento de hacer inventario de la biblioteca.  Y más este curso en que por fin vamos a acometer reformas para ampliarla. Véase la foto de derrumbe:

Biblioteca de Nápoles. Imagen tomada del blog http://www.libropatas.com

Y  mientras soñamos con un espacio nuevo, ponemos a buen recaudo todas las pertenencias de la biblioteca, por si acaso. A fecha de 29 de junio de 2017, este es nuestro inventario: Sigue leyendo

FLAMENCO QUE SUENA A SUEÑO

MILHOJAS llevaba tiempo queriendo dedicar al flamenco algunas entradas de su “ME SUENA”. Algo tiene esta música  que atrapa a todo el que a ella se acerca, pues es raíz pero no conoce fronteras. Es pureza y mestizaje, ritmo y melodía, quejido y éxtasis, nervio y latido. No nos extraña que voces de la música clásica reconocieran que en la sonda espacial Voyager hubo un vacío musical inexcusable. Junto a la Novena Sinfonía de Beethoven, con la que se quería mostrar a otras inteligencias del universo que los seres humanos somos capaces de crear belleza, faltaba una pieza de flamenco. Sigue leyendo

CUATRO NOVELAS PARA SUDAR LA GOTA GORDA

Calor.  Calor que agota.  Calor que atonta.  Calor que trastorna.  Calor que satura las aulas llenas de alumnos que sudan a pesar de los abanicos de papel, quién lo iba a decir.   Calor que impide concentrarse.  Calor haciendo exámenes.  Calor evaluando.  Calor insoportable.  Pero ahí tenemos la literatura, que se solidariza con nosotros llena de personajes que tienen calor.  Mucho calor.  Tanto, que el calor se convierte en un personaje más, casi de carne y hueso, sin el cual todo el resto de la novela carece de sentido.  Por si queréis sentiros menos solos en esta ola de calor, aquí tenéis cuatro novelas para sudar la gota gorda -por riguroso orden climatológico- y una más para refrescarse,  como premio por resistir este final de curso tan… caluroso.

INTEMPERIE, de Jesús Carrasco   (Seix Barral).  Bajo el sol abrasador de un lugar sin nombre, uno niño huye de su padre y del aguacil. Guarda un secreto terrible que se va abriendo paso con toda su crudeza a través de las páginas.  En su huida le acompaña la intemperie que todo lo condiciona y lo supedita.

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ELLAS LO LLENAN TODO, PERDURAN, RESISTEN

Hace aproximadamente un año, el grupo de profesores de la biblioteca estuvimos pensando en una actividad que pudiera sacudir la vida de nuestro centro.  Hacer visibles a mujeres con una importante aportación cultural, generalmente escamoteadas en nuestros curricula,  desbancó a todas las demás propuestas.

¿Cómo conseguirlo?  ¡Qué vértigo!  Cuesta encontrar la nota adecuada para que la composición entera suene bien. Decidimos que todos los profesores participantes (cerca de cuarenta, con representación de todos los departamentos) decidirían con sus alumnos qué mujeres trabajar y cómo hacerlo.  Luego, cada grupo de alumnos, elegiría una de entre todas las estudiadas para dar nombre a su aula.  El proyecto se fue extendiendo: se sumaron los departamentos didácticos, despachos y zonas comunes, que se “renombraron” en femenino; colgada en el vestíbulo del instituto, una línea del tiempo un poco caótica convertía en compañeras de viaje a científicas, poetas, filósofas, activistas…

Y ahora un poco de autocrítica: no hemos sabido evitar la perspectiva fundamentalmente occidental, y nos duele la escasa presencia de mujeres de otras culturas (asiática, gitana, africana, indígenas…).  Y quizá valoramos equivocadamente nuestro tiempo y posibilidades pues algunas iniciativas se nos quedaron en el tintero, como invitar a las familias a ver el trabajo realizado con visitas guiadas por grupos de alumnos de diversos niveles, etc.

A pesar de ello, nos sentimos satisfechos sobre todo –y como siempre- del trabajo y la ilusión de nuestros alumnos que han descubierto una parte oculta y poderosa en sus asignaturas. La colaboración entre profesores de diferentes departamentos, la implicación de personal no docente, la línea del tiempo que nos recibe cada mañana, las aulas que  dejaron de ser números para ser nombres de mujer. Sin olvidar las dos mujeres extraordinarias que han pasado por nuestra biblioteca (Magda Labarga, Elisa Arguilé…) o la pegada de carteles del 8 de marzo de mano de las chicas y chicos de la asamblea feminista y algunos cursos de bachillerato…

Nos quedan las huellas de lo trabajado. Los materiales elaborados y expuestos serán retirados antes de las vacaciones, cuando el instituto se quede como una hoja en blanco para empezar el próximo curso, pero todos sabemos que los lugares que ocuparon ya no serán los mismos, como todos nosotros, pues de alguna manera también nos hemos visto transformados.

 

TRAINSPOTTING, de Irvine Welsh

Sergio Badules, alumno de 1º BTO nos invita al escalofrío con su reseña de Trainspotting, de Irvine Welsh.

“Yo elegí no elegir la vida: yo elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?”-Mark Renton

Y así se presenta Mark Renton, el protagonista de esta epopeya heroinómana. Toca trasladarse a un Edimburgo que no aparece en los folletos de las agencias de viajes; el Edimburgo cuna europea de la prostitución, la miseria y las drogas.

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